Un despropósito de L’Elisir en Munich

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Un despropósito de L’Elisir en Munich

Es verdad que L’Elisir d’amore es una ópera fácil y cómoda de digerir para público e intérpretes y tal vez por eso es una de las obras que más se representan en el ranking operístico y que como consecuencia la imaginación de los registas más manipulan con una creatividad a veces equivocadamente desbordante.

Menos mal que el libreto de Felice Romani y sobretodo la vena musical de Gaetano Donizetti hacen que este melodrama en dos actos se salve a pesar de los caprichos del regista de turno.

Durante estas fechas navideñas la Bayerischen Staatoper ha programado nuevamente su producción de esta ópera original de 2009 del regista David Bösch ambientada no se sabe bien donde, si en una estación sideral, en una playa sin agua, o en una tierra de nadie en medio de un desierto donde nadie tiene ese licor tan preciado que llamamos H2O.

El primer acto no puede ser más caótico dramatúrgicamente hablando que afectó sobre todo a las prestaciones del coro que entre el poco entusiasmo demostrado y las dificultades escénicas dió como resultado descoordinaciones y falsas entradas de algunos miembros en los dos primeros coros.

La entrada de Dulcamara nos recordó a Kevin Costner en Waterworld, aunque en forma de parodia sin gracia, ya que el volumen de Ambrogio Maestri nada tiene que ver con el atlético actor.

El segundo actor no mejoró en absoluto en cuanto a escenografía e ideas dramatúrgicas se refiere, sino que todo siguió en la línea de lo cutre y sucio que tanto gusta a algunos registas centroeuropeos y que se olvidan que tanto música como ambiente son absolutamente italianas en esta ópera.

Un despropósito de L’Elisir en Munich

Es verdad que hubo momentos mágicos como la interpretación de Nemorino del aria top ten de la obra “Una furtiva” lágrima subido en una farola a más de diez metros de altura, pero por lo demás siguió ese patrón de algunos registas de hacer burla de lo cómico y cutre lo popular. Muy triste, pero gracias a la calidad de los cantantes y una buena interpretación más allá de ideas alocadas consiguieron que la función acabase con risas del respetable y con grandes aplausos para los intérpretes.

El quinteto de solistas fue de una gran calidad en general. Mária Celeng fue un privilegio de Gianetta tanto en lo vocal como sobre todo en lo teatral siendo el motor de la acción y con un protagonismo bien resuelto y con una gracia insuperable, destacando en su pequeña escena con las mujeres del segundo acto.

Roman Burdenko cantó un Belcore un tanto bruto y sin muchos matices, tal vez muy influenciado por la dirección escénica que hizo de él un mercenario violento sin ningún tipo de escrúpulo y ninguna arte amatoria.

Uno de los mejores Dulcamaras del momento es sin duda Ambrogio Maestri, que igual que con Falstaff hace una verdadera recreación del personaje. Todo es natural, con gracia comedida pero adecuada, gestos, movimientos y miradas que ayudan a entender lo que pasa, pero que en esta ocasión la interpretación canora pecó de pocas sutilezas cantando siempre con un volumen excesivo y a veces rozando la desafinación.

La Adina de Ekaterina Siurina fue un placer para ojos y oídos, un poco forzada al inicio hace que su personaje vaya creciendo sin caer en excesos gratuitos pero con una seguridad de emisión y proyección que sin poseer un instrumento muy grande sabe sacar partido del mismo con una línea de canto muy bella y unas graduaciones del volumen muy dignas de aprecio brillando sobretodo en los dúos con el tenor, pareja de ficción y en la vida real.

El tenor americano Charles Castronovo fue la estrella de la función tanto por su magnífica interpretación del cándido Nemorino como por una paleta de matices vocales en cada una de sus intervenciones desde la desesperación de la primera aria hasta el momento culminante de la velada que fue su matizada “furtiva lagrima” con un dominio técnico de los pianos y las medias voces.

La dirección musical de Asher Fisch no pasó de lo correcto con graves problemas de balance por parte de los metales que descompensaban el resultado global de la orquesta.

Una velada que acabó bien a pesar de las zancadillas de regista y director.

 

Roberto Benito