Un excelente Tannhäuser en Berlín

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Un excelente Tannhäuser en Berlín
Un excelente Tannhäuser en Berlín. Foto: Bettina Stöss

Era ésta la primera de las óperas de Richard Wagner que se ofrecían durante esta semana en Berlín y el resultado ha sido muy bueno tanto musical como vocalmente, quedando un tanto más para la discusión la producción escénica.

Volvía a reponerse la producción de Kirsten Harms, que ya había visto en un par de ocasiones anteriormente. La impresión actual apenas cambia. Trata de hacer muchas cosas originales, pero al final lo que queda es la estética, muy bien conseguida, aunque la pura narración resulta algo confusa.

Durante la obertura Tannhäuser – un doble – es una especie de astronauta que llega al Venusberg, donde es recibido por sus habitantes muy ligeras de ropa. Hace 3 años el arranque de la música del Venusberg se ofrecía con una atractiva y casi desnuda Venus (Nadja Michael), mientras que la Venus actual es mucho más recatada y hay poderosas razones para ello. En el Wartburg el coro de peregrinos no es tal, sino almas en pena en el infierno, vigiladas por monstruos alados como los que aparecen tantas veces como gárgolas en las catedrales góticas y que parecen atraer mucho a Kirsten Harms, ya que los telones iniciales de cada acto son justamente figuras de gárgolas. La entrada del Landgrave y su séquito en escena tiene lugar con todos ellos vistiendo armaduras y montando réplicas de caballos a escala natural. La sala de los cantores se presenta con unas 40 armaduras de guerreros cubriendo el espacio, hasta que se levantan hacia el techo, dejando el escenario libre. Los invitados van vestido con atuendos medievales, en

los que destaca el gran colorido de los mismos, mientras que los cantores van con armaduras de la cabeza a los pies. En estos dos actos la producción nos permite asistir a una auténtica exhibición de medios técnicos en el escenario del teatro con plataformas móviles por todas partes, de las que Kirsten Harms saca un buen partido. No son muchos los teatros que podrían representar esta producción. Finalmente, el tercer acto se desarrolla en un hospital de peregrinos, con 40 camas y Elizabeth al cuidado de los enfermos. Al final, en este acto no se sabe qué pretende la señora Harms, ya que el hecho de que Venus y Elizabeth sean interpretadas por la misma soprano trae consigo un gran confusionismo. Elizabeth no se retira de escena para morir tras la plegaria, sino que permanece allí, cubierta por una sábana, hasta que se levanta para cantar los últimos compases de Venus. Quien no conozca bien la ópera y no entienda alemán puede perfectamente creer que Elizabeth ha resucitado.

La escenografía, vestuario e iluminación son obra de Bernd Damovsky. El concepto escenográfico es puramente minimalista, en el que priman los elementos de atrezzo, como caballos, armaduras y camas. Espectacular vestuario en el concurso de canto y momentos brillantes de iluminación durante toda la representación. La dirección de escena de Kirsten Harms no ofrece sorpresas ni originalidades, pero narra bien la historia, en la que el predominio está en la estética, siendo lo menos conseguido el tercer acto.

Nuevamente tuvimos a Donald Runnicles en el podio y otra vez pudimos disfrutar de este estupendo director. La versión que nos ofreció fue la original de Dresde y su lectura fue a más conforme avanzaba la representación. Si la obertura no me resultó particularmente brillante (como me ocurriera también hace dos años), los dos últimos actos fueron magníficos, especialmente el último, en el que la delicadeza y la inspiración de Runnicles alcanzaron cotas muy altas. Tanto durante la Plegaria de Elizabeth, como en la Canción de la Estrella y en el Relato de Roma no se oía ni respirar en la sala. Consiguió una estupenda prestación pro parte de la Orquesta de la Deutche Oper. El Coro de la Deutsche Oper merece capítulo aparte. Su director, William Spaulding, ha conseguido un nivel de calidad excepcional. Los más de 100 coralistas hicieron una auténtica demostración. Hay que señalar de modo muy especial el arranque del Coro de Peregrinos en el tercer acto, que aquí lo cantan los enfermos en las camas del hospital. Aquello no era cantar piano, sino en un auténtico hilo de voz que parecía venir del cielo. Simplemente espectacular.

Uno de los grandes atractivos de estas representaciones era la presencia de Stephen Gould, posiblemente el mejor Tannhäuser de la actualidad, como lo volvió a demostrar una vez más en esta ocasión. Todos los aficionados conocen que Tannhäuser es uno de los personajes más difíciles en todo el repertorio y que hace falta un auténtico tenor heroico para enfrentarse a esta partitura. Stephen Gould hizo una auténtica exhibición de poderío vocal y además cantó, permitiéndose el lujo de recurrir a algunos piani en el Relato de Roma. Solventó sin problemas el final del segundo acto, en el que tantos apuros pasan sus colegas y lo mismo se puede decir de su actuación en el Venusberg. Stephen Gould está en un momento espléndido y esperemos que dure.

Un excelente Tannhäuser en Berlín
Un excelente Tannhäuser en Berlín. Foto: Bettina Stöss

La soprano americana Heidi Melton cubría por exigencias de la producción los personajes de Elizabeth y Venus. Esta soprano llamó mi atención desde la primera vez que la ví en Burdeos y precisamente en el personaje de Elizabeth. La voz es bella, amplia, bien manejada y muy adecuada para este tipo de personajes. Su mayor hándicap radica en que su figura no es precisamente lo que uno identifica con Venus y creo que mejor habría sido desdoblar la intérprete. No es que tuviera problemas con el canto en el primer acto, porque a verdad es que no los tuvo, pero no resulta creíble y mucho menos en su intervención en el tercer acto, que no hace sino crear confusionismo.

Siempre es un placer escuchar a Markus Brück, un barítono que prácticamente no sale de la Deutsche Oper y que tiene calidad suficiente para poder actuar en los mejores teatros de ópera del mundo. Siempre me pregunto por qué son tan raras sus apariciones en otros teatros. Su interpretación de Wolfram fue magnífica. La Canción de la Estrella es de las que uno no puede olvidar fácilmente. Cantó con un gusto extraordinario y con un recogimiento ejemplar. Fue un momento verdaderamente emocionante. Sorprende que un Wolfram que no admite comparación sino con los mejores sea tan difícil de escuchar fuera de Berlín. Habrá que seguir viniendo, porque merece la pena.

El bajo croata Ante Jerkunica fue un Landgrave de voz cálida y pastosa en el centro, cantando con gusto y autoridad suficientes. Su mayor problema reside en la parte alta de la tesitura, ya que su timbre resulta demasiado mate y descolorido.

Buena la actuación de Thomas Blondelle en la parte de Walther, con una voz de tenor lírico-ligero, que corre perfectamente. Seth Carico estuvo bien en Biterolf, quizá con un timbre un tanto claro para el personaje. Adecuados, Paul Kaufmann en Heinrich y Andrew Harris en Reinmar. Voz muy atractiva la de la jovencita Elbenita Kajtazi como Pastorcillo.

El teatro ofrecía una entrada de alrededor del 75 % de su aforo. El público se mostró muy complacido con el resultado de la representación, dedicando bravos muy sonoros y unánimes a Stephen Gould, Markus Brück y Donald Runnicles, además de al Coro.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración 4 horas y 2 minutos, incluyendo dos descansos. Duración musical de 2 horas y 55 minutos. Siete minutos de aplausos, que pudieron haber durado bastante más, pero en este teatro, como ocurre en el Metropolitan o en el Covent Garden , se baja el telón en cualquier caso.

El precio de la localidad más cara era de 130 euros, costando 41 euros la más barata.

José M. Irurzun