Un Holandés errante curioso y extraño en Berlín

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Un Holandés errante curioso y extraño en Berlín
Un Holandés errante curioso y extraño en Berlín. Foto: Matthias Baus

Tendré que empezar por decir que se trata de una producción bastante extraña del Holandés. No es la primera vez que se nos ofrece la ópera como un relato onírico de las obsesiones de Senta, pero aquí se mezclan sueños y realidad en un relato curioso y hasta sorprendente. En conjunto, el resultado de la representación no pasará a la historia, aunque haya estado bien servido vocalmente.

La producción escénica se debe al bávaro Philipp Stölz, que la hiciera para la Ópera de Basilea, donde se estrenó hace 6 años. La producción tuvo éxito en la ciudad suiza y puso en ella su interés la Staatsoper de Berlín, que la representó por primera vez hace algo más de dos años, consiguiendo, al parecer, que no fuera abucheada en el estreno, como ocurre con casi todas las nuevas producciones en Berlín.

Philipp Stölz hace un trabajo curioso, rompedor, pero que no altera el libreto, al menos literalmente. Eso significa que la idea del regista alemán esta muy trabajada, aunque pueda parecer una producción más de las pertenecientes al llamado eurotrash. La acción se desarrolla en el salón-biblioteca de la mansión de Daland, en la que aparece durante la obertura una jovencita, que no es otra que Senta, que busca el libro de sus obsesiones, que no es sino el Holandés Errante. Al fondo del salón hay un enorme cuadro de tempestades marinas, que se abre para servir de escenario al arranque de la ópera, conforme la jovencita Senta va leyendo el relato. Así pues, el encuentro de Daland y el Holandés no ocurre sino en la mente soñadora de Senta. En el segundo acto el coro de hilanderas pasa a ser el de las criadas de Daland, cantando Senta (ahora la intérprete real) la balada. De manera sorprendente, Daland hace su entrada, pero no acompañado del Holandés, sino del prometido de Senta, un hombre de edad avanzada interpretado por un actor. Dejados solos los prometidos, Senta sigue con sus ensoñaciones, que las vemos nuevamente al abrirse el gran cuadro del fondo, en el que se ve al Holandes con la jovencita Senta, interpretada por una actriz. Hay, pues, dos niveles en escena, el real con la Senta cantante y su prometido, y el de la obsesión en el escenario superior. El dúo no funciona demasiado bien, al faltar el contacto físico entre los dos cantantes. En el tercer acto asistimos a la fiesta de la boda de Senta, estando los invitados un tanto borrachos, como también los recién casados de modo que las llamadas de los noruegos a los holandeses para que se despierten se dirigen aquí a Senta y su marido. Senta despierta y vuelve a sus ensoñaciones, en las que los holandeses salen de su barco y se enfrentan junto con ella a los invitados a quienes van matando uno a uno. Senta de un botellazo liquida a su marido y hiere a Erik. Todo termina con la aparición del Holandés en el cuadro marino, acompañado de la doble de Senta. La Senta real ha perdido totalmente la razón, y, al entrar Daland y los invitados, se corta la yugular, consiguiendo la salvación del Holandés, que termina abrazado a la doble de Senta. Como verán y, si es que he sabido hacer el relato, una producción extraña.

La escenografía se debe al mimo Philipp Stölz en colaboración con Conrad Moritz Reinhardt. El vestuario responde al siglo XIX, época de composición de la ópera, y resulta adecuado, obra de Ursula Kudrna. La iluminación de Hermann Münzer y Olaf Freese funciona bien.

Un Holandés errante curioso y extraño en Berlín. Foto: Matthias Baus
Un Holandés errante curioso y extraño en Berlín. Foto: Matthias Baus

El aspecto menos convincente de esta representación ha estado en la parte musical. Su director era el muniqués Markus Poschner, cuya presencia suele ser muy habitual en Bremen y en la Komische Oper de Berlín, siendo menos frecuente verle anunciado en los teatros de ópera más importantes. Ya desde la obertura Poschner decidió jugar la carta de los decibelios y no paró en toda la representación. Tuvimos la suerte de que esto casi no influyera en el resultado vocal, porque la producción escénica era muy cerrada, incluso por arriba, lo que facilitaba la proyección de las voces. Para mi gusto faltaron matices en muchas ocasiones, llevándome a la impresión de haber asistido a una versión excesivamente monótona. Muy buena, como siempre, la Staatskapelle Berlín. El Staatsopernchor lo hizo bien, con menos integrantes que lo habitual, porque las dimensiones del escenario del Schiller tampoco permiten mucho más.

El Holandés fue interpretado por Michael Volle, sin duda uno de los mejores intérpretes de la actualidad, que ofrece una voz muy adecuada para el personaje, y que es de los que saben cantar. La dirección no le dio demasiadas oportunidades de matizar, salvo en el relato inicial, ya que tenía que salvar la barrera sonora que había en medio. La actuación de Michael Volle fue muy solvente, dando a impresión de llegar fatigado al último acto, lo que no es de extrañar en las circunstancias de la representación.

La soprano finlandesa Camilla Nyund fue una Senta convincente en escena y no tanto vocalmente, aunque mejorara claramente en el último acto. La voz tiene cierto atractivo, pero hubo momentos en que no llegaba con demasiada claridad a la sala, sin duda condicionada por el volumen orquestal.

El bajo británico Peter Rose fue un Daland muy adecuado, con una voz poderosa y cubriendo sin problemas el personaje. Andreas Schager fue un Erik de voz más importante que lo habitual. De hecho parecía sobrado de poderío vocal y resolvió de manera intachable las dificultades de su arioso del tercer acto.

En lo papeles secundarios llamaba la atención la presencia del tenor puertorriqueño Joel Prieto en la parte del Timonel. Todavía la temporada pasada fue el Ferrando de Così Fan Tutte en el Liceu de Barcelona. Lo resolvió bien, como era de esperar. Frau Mary era la mezzo soprano Anja Schlosser, que resultó adecuada.

El Teatro Schiller ofrecía una ocupación de alrededor del 90 % de su aforo, con muy notable presencia de jóvenes en la audiencia. La recepción a los artistas fue cálida en todos los casos.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración 2 horas y 14 minutos, sin interrupción. Siete minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era 90 euros, habiendo butacas de platea desde 48 euros. La entrada más barata costaba 30 euros.

José M. Irurzun