Un interesante arranque de la Quincena Musical Donostiarra con La Creación

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Un interesante arranque de la Quincena Musical Donostiarra con La Creación
Un interesante arranque de la Quincena Musical Donostiarra con La Creación

La Quincena Musical Donostiarra abre su programación en la presente edición con este Oratorio de Joseph Haydn, que se ofrece en representación escénica y cuyo anuncio había levantado una importante expectación. El resultado global del concierto o representación ha sido correcto en todos los aspectos. 

Joseph Haydn no es un compositor habitual en los teatros de ópera, siéndolo mucho más en las salas de conciertos, no en balde está considerado por el “Padre de la Sinfonía” y, como me recordaba un buen amigo hace unos días (gracias, Antonio) el “Padre del Cuarteto de Cuerda”. Al Oratorio no prestó gran atención durante su carrera, siendo los más conocidos en su producción Las Estaciones y el que ahora nos ocupa, la Creación o Die Schopfung. 

Este Oratorio surge como consecuencia del viaje de los años 90 a Londres, donde Haydn pudo conocer y admirar los oratorios de Haendel, decidiendo componer el que ahora nos ocupa que se estrenó en Viena en 1798. La Creación sigue fielmente el relato del Génesis, terminando con la aparición de Adán y Eva sobre la faz de la tierra. 

La Creación tiene su lugar habitual en las salas de conciertos, aunque se ha ofrecido en representación en escénica con bastante frecuencia. La más reciente ha tenido lugar hace unos días en Nueva York dentro del Festival Mostly Mozart y precisamente con la producción de Carlus Padrissa y La Fura dels Baus. También se pudo ver en el Festival de Garsington en Inglaterra hace un par de años en una producción de Mark Baldwin. La que ahora nos ocupa se ha podido ver anteriormente en varias ciudades y festivales europeos y siempre ha sido bien recibida. 

Un interesante arranque de la Quincena Musical Donostiarra con La Creación

La producción escénica es un trabajo de Carlus Padrissa y la Fura dels Baus y responde en gran medida a los trabajos tradicionales de este grupo teatral. La escenografía propiamente dicha no existe, sino elementos de atrezzo, entre los que destaca una especie de grúa que sirve para poder ofrecer a los solistas colgados como si estuvieran en el aire. Otro de los elementos (menos conseguido para mi gusto) en una especie de jaula con agua, donde se sumergen y cantan los solistas en varias ocasiones, entre ellas la aparición en el mundo de Adán y Eva. Hay proliferación de pantallas, donde se proyectan imágenes alusivas, que siempre llevan mensajes en inglés, lo que no me parece muy adecuado, más allá del contenido de dichos mensajes. La producción convierte al coro en un grupo de refugiados, que se supone habrán sido expulsados en algún momento por guerras o cualquiera otra razón, y que finalmente son acogidos en la supuesta casa de Adán y Eva. 

La producción consigue dar vida al oratorio y funciona razonablemente bien, aunque para mi gusto no responde plenamente a las grandes expectativas que había levantado de antemano. 

La dirección musical estuvo encomendada a José Ramón Encinar, a quien estamos más acostumbrados a ver dirigir en música contemporánea que en la del puro clasicismo. Lo hizo bien, sin levantar mucho el vuelo de la inspiración. A sus órdenes estuvo una correcta Orquesta Sinfónica de Bilbao. La parte coral fue bien resuelta por Coro Hayd del Baus, con sus atuendos de refugiados actuales. 

El trío vocal lo hizo bien, siendo para mí gusto lo más interesante en este aspecto la prestación ofrecida por la soprano Alicia Amo, que mostró una voz atractiva y bien manejada, cantando con gusto siempre. Tengo la impresión de que anda un tanto apretada por arriba, aunque las partes de Gabriel y Eva no son muy exigentes en este aspecto. 

El tenor Gustavo Peña es siempre una garantía en estos oratorios y volvió a demostrarlo una vez más. Cantó de manera adecuada las intervenciones de Uriel. 

El bajo barítono austriaco Thomas Tatzl mostró una voz sonora y un canto algo basto en los personajes de Raphael y Adán. 

El Kursaal había agotado sus localidades y el público dedicó una cálida acogida a los artistas, aunque no hubo muestras de entusiasmo. 

La representación comenzó con 8 minutos de retraso y tuvo una duración de 1 hora y 39 minutos, sin intermedios. Cuatro minutos de aplausos. 

José M. Irurzun