Un reparto de lujo para Katiuska en el Teatro de la Zarzuela

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Un reparto de lujo para Katiuska en el Teatro de la Zarzuela
Un reparto de lujo para Katiuska en el Teatro de la Zarzuela

Pues verdaderamente fue así, un auténtico reparto de lujo, de temporada de campanillas. Y si en el pasado ejercicio el Teatro de la Zarzuela se inauguraba con un homenaje a México y a la figura de Luis Mariano, en esta ocasión las galas del estreno estaban dedicadas a un músico de excepción, a un compositor sólido, formidablemente preparado y que no siempre fue valorado en nuestro país, ni se le tuvo la consideración que él merecía. Me estoy refiriendo a Pablo Sorozábal que está presente en las programaciones de La Zarzuela. La pasada temporada fue con su celebradísima Tabernera del Puerto, y antes con esa formidable muestra de auténtica ópera verista que es Juan José, obra fundamental para entender la carrera escénica de Sorozábal y que, para nuestra vergüenza, nunca fue estrenada en vida del compositor. Pero vuelvo a repetir lo que tantas veces he copiado de Marquina, esa frase de En Flandes se ha puesto el sol: “España y yo somos así, señora”.

Katiuska supone la primera incursión de Sorozábal en la música teatral. Formado en Alemania, presentando una sólida preparación musical, su carrera parecía inclinarse a la música sinfónica. Por eso sorprendía su aceptación de un proyecto musical escénico e incluso había quien practicaba un considerable escepticismo sobre su posible capacidad para desenvolverse adecuadamente en este espacio musical. Pero todos los augurios contrarios cayeron desvanecidos ante la fuerza de la realidad. Cuando superada una primera estructura de Katiuska, con un segundo acto que se desarrollaba en París, cuando se reescribe este segundo acto y se vuelve a situarlo en tierras rusas, el éxito es incuestionable. Y eso que el libreto escrito por Emilio González del Castillo y por Manuel Martí Alonso deja mucho que desear en cuanto a calidad literaria e incluso en cuanto a credibilidad argumental. Puede servir como excusa que estamos ante lo que, en la época, se denominaba opereta, con tintes cargados de exotismo, con oropeles de nobleza, con cierto aire de frivolidad. Pero lo cierto es que este criterio ligero y frívolo apenas si aparece en esta obra. Los números cómicos están muy bien estructurados- pasa igual con La tabernera del puerto- teniendo cierto aire ligero pero con la suficiente consistencia y recurriendo a elementos musicales que suponen una innovación, como la inclusión de un fox en el gracioso número de “A París me voy”. Ligereza que contrasta con los momentos más hermosos y logrados como la llegada del Príncipe, como el hermosísimo momento en que Katiuska canta “Noche hermosa” o el bello y perfectamente logrado dúo entre Pedro y Katiuska, lleno de sentimiento y con una apoyatura armónica perfecta, amén de una orquestación plena de aciertos. El talento del maestro Sorozábal consigue que esta obra brille con luz propia y que aunque el libreto envejezca, la música es tan hermosa y la historia de amor tan bien estructurada, que Katiuska consigue despertar un lógico entusiasmo.

Pero, claro, para que todo esto ocurra tenemos que encontrarnos con una puesta en escena adecuada y con un elenco de cantantes de primera categoría. La producción reúne al Teatro Arriaga de Bilbao, en coproducción con el Teatro Campoamor de Oviedo, Teatro Calderón de Valladolid y Teatro Español de Madrid. En la dirección escénica la siempre solvente figura de Emilio Sagi nos ofrece una visión creíble de los personajes e incluso de la trama, limando el final de la obra que, en su versión original, resulta ilusoria y un tanto ridícula. Claro que no todo el mundo está de acuerdo con este final pero para mí resultó un excelente remate de la trama haciéndola humana y posible. Interesante y austera, con su toque de especial significado de revolución y caos, la escenografía de Daniel Bianco mientras que entiendo que el vestuario, sencillo y nada revelador de la Rusia de la revolución, propicie división de opiniones.

Y vayamos ahora con los intérpretes. Creo que ya lo he escrito antes e incluso así lo he titulado: un reparto de lujo. Porque los nombres de Ainhoa Arteta, Carlos Álvarez y Jorge de León son importantes, fundamentales, constituyen un verdadero aliciente por la historia lírica que cada uno de ellos arrastra, porque están entre los elegidos y porque han sido capaces de cimentarse un nombre, un prestigio, un nivel dentro del más exigente panorama operístico internacional. Pero lo más importante es que ese nombre, ese prestigio, ese nivel, se volvió a poner de manifiesto en la excelente versión que hicieron de la Katiuska. La extraordinaria belleza de la música, la ductilidad que presenta, el campo de posibilidades, no exentas de dificultad, que tiene para el intérprete, fueron superadas con toda brillantez, con la brillantez de la autenticidad, por parte de todo el elenco actuante y muy especialmente por las tres figuras principales.

Ainhoa Arteta es una cantante de voz muy bella, plena de matices, con un filato que hizo las delicias del buen aficionado. La belleza de su timbre corrió pareja con su calidad intepretativa. Vivió el personaje de Katiuska y supo transmitirlo a los espectadores. Las cualidades de delicadeza, dulzura y una buena dosis de poesía, que configuran el personaje principal de la obra, estuvo perfectamente cuidado y atendido por Arteta quien de nuevo y con toda justicia, supo conquistar al público madrileño. Me gustó en todo momento, pero tengo que destacar el apasionado dúo con Carlos Álvarez, Somos dos barcas, o la delicada romanza Noche hermosa de jazmines perfumada. O en la romanza inicial Vivía sola, cantada con todo acierto, con gusto, con delicadeza y con esa hermosa voz que tantos triunfos le ha dado.

¡Qué decir del gran Carlos Álvarez! Vengo siguiendo su formidable trayectoria desde aquellos ya lejanos inicios en su Málaga natal, o sus apariciones en Granada donde tantos amigos y admiradores tiene. Después su brillante carrera internacional. Y ahora he tenido la suerte de escucharlo en dos producciones de la Zarzuela. En una inolvidable versión de concierto de La Tempestad, donde estuvo sencillamente sensacional. Y ahora en esta Katiuska, donde tiene un papel tan importante, y donde se requiere una gran calidad para poder afrontarlo con éxito. Desde el primer momento tuvimos conciencia de que íbamos a escuchar una gran versión de Pedro, personaje que Álvarez ha sabido bordar, desde que escuchamos su Calor de nido tan delicadamente lírico y en contraposición, el brío y la seguridad- sin olvidar, claro, la musicalidad- con que acometió el más convencional La mujer rusa. Pero sobre todo la gran lección de canto en el ya citado dúo con Arteta, Somos dos barcas. Carlos Álvarez puso de manifiesto la belleza de su voz, potente pero que no pierde aliento lírico, segura en los agudos, bellísima y muy redonda en el registro medio. Un auténtico gran barítono.

Y resulta una pena que el maestro Sorozábal le diera tan poco protagonismo musical al tenor, al personaje del Príncipe, que queda un tanto diluído, en dos intervenciones, a pesar de la importancia que tiene en el desarrollo y, sobre todo, en el desenlace de la trama argumental. Y digo que es una lástima porque nos quedamos con ganas de escuchar mucho más a Jorge de León, tenor de noble timbre, de bellísimos agudos, dotado de una exquisita forma de cantar. La famosa romanza y posterior concertante Mi cabeza han puesto a precio la supo cantar con una delicadeza, con un buen gusto excepcional y haciendo gala de la belleza de su voz, de la riqueza musical de unos agudos limpios y llenos de equilibrio, en una actuación que fue justísimamente aplaudida con entusiasmo. Jorge de León estuvo en gran cantante.

Y junto a ellos un elenco muy equilibrado pero muy solvente, de personajes secundarios. Muy acertados siempre, sin perder un ápice de interés, las actuaciones de Antonio Torres, Milagros Martín , Emilio Sánchez, Enrique Baquerizo y Amelia Font. Destacadas intervenciones en El reloj las diez ya dió, Rusita, rusa divina y en todos los momentos en que tuvieron protagonismo, así como el coro en la escena inicial y en la famosa canción ucraniana.

Destacar y mucho la formidable actuación del maestro Guillermo García Calvo, que dirigió con gran acierto, seguro en el tempo, en el ritmo, atento a la medida y cuidando los planos sonoros, consiguiendo que la riquísima orquestación que hizo el maestro Sorozábal brillara en todo su esplendor.

Buen comienzo inaugural en La Zarzuela. Público muy contento ante el buen resultado y la promesa de una temporada que se presenta llena de atractivo. Enhorabuena.

José Antonio Lacárcel