Una Flauta Mágica impropia de un teatro de ópera de primer orden

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Mañana terminan las representaciones del Anillo del Nibelungo y hoy se ofrecía en la Staatsoper de Berlín nuevamente esta Flauta Mágica, que ya había tenido ocasión de ver en el pasado mes de Marzo y cuyo resultado había dejado mucho que desear. La historia se ha repetido de nuevo. Es un espectáculo totalmente impropio de un teatro de primera categoría, como es la Staatsoper de Berlín. 

Se trata de una nueva producción, que lleva la firma de Yuval Sharon y que se estrenó aquí el pasado mes de Febrero y que la padecía unos días más tarde. La producción pretende presentar un gran teatro de marionetas, en el que los muñecos son precisamente los cantantes que interpretan los distintos personajes, de modo que aparecen en escena colgados del techo con unos cuantos cables para poder moverse por el aire. Nada aporta tan “brillante idea”. Salvo Sarastro y Monostatos, todos los demás andan por el espacio con sus cables. A ello hay que añadir que, salvo en el caso de Papageno, asistimos a diálogos grabados y amplificados, en los que se meten las correspondientes morcillas. No hay coralistas en escena, sino que cantan en el foso. Las pruebas finales del agua y del fuego no son tales, sino que Tamino y Pamina entran en la cocina de una casa. 

En esta situación la escenografía de Mimi Lien no consiste sino en telones pintados y el vestuario de Walter Van Beirendonck resulta futurista, lo que significa que nada bueno nos espera en dicho futuro a juzgar por el vestuario de los intérpretes, especialmente Tamino y Pamina. Correcta la iluminación de Reinhard Traub. En resumen, es una producción decepcionante de principio a fin. 

Como en la vez anterior de Marzo, estaba en el foso la directora mejicana Alondra de la Parra. No me convenció su labor entonces y sigue sin hacerlo ahora, aunque me ha parecido una dirección mejor que la de entonces. De todas maneras, no creo que estas representaciones las pueda salvar ni el mayor genio de la dirección musical. Buena la prestación de la Staatskapelle Berlín, así como la del Staatsopernchor. 

El reparto vocal dejó que desear en la ocasión referida del pasado Marzo y más todavía lo ha hecho ahora. 

Volvía a ser Tamino el tenor británico Julian Prégardien, cuya voz no está sobrada de calidad ni tampoco el cantante ofrece mucha calidad. 

Repetía también como Pamina la soprano Serena Sáenz, que lo hizo de manera adecuada, aunque su voz no va más allá de ser una soubrette sin mayor importancia. 

En la parte de Papageno también repetía Florian Teichtmeister, que no es cantante, sino simplemente actor, que se refugia en un puro parlando. Dice el programa que se pretende seguir la tradición inicial de Emanuel Schikaneder, el primer Papageno. Mejor olvidarse de tradiciones de este tipo. 

Nueva en la Reina de la Noche era la soprano Nicola Proksch, que ofreció una voz muy reducida en el centro, aunque se abre mejor por arriba. No es un dechado de facilidad en agilidades y no pasó de cumplir. 

El bajo Grigory Shkarupa era el nuevo Sarastro y nos ofreció una voz de escasa calidad y tampoco me convenció como cantante ni como intérprete. Muy lejos de Kwanchul Youn en el mes de Marzo. 

Correcto el Monostatos de Florian Hoffmann, así como el Sprecher de David Ostrek. 

Papagena fue interpretada por Álfheiour Erla, de escaso interés. 

Las Damas de la Reina de la Noche lo hicieron bien. Eran Adriane Queiroz, Natalia Skrycka y Constance Heller. Los Tres Niños eran solistas de los Tölzer Knabenchor, como es habitual por estos lares. 

La Staatsoper ofrecía una entrada que no llegaba al 70 % de su aforo. El público se mostró cálido con los artistas en los saludos finales. 

La representación comenzó con 4 minutos de retraso y tuvo una duración de 2 horas y 59 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 2 horas y 29 minutos. Cuatro minutos de aplausos. 

El precio de la localidad más cara era de 130 euros, costando 28 euros la más barata Fotos: M. Rittershaus

José M. Irurzun