Una minimalista producción de La Flauta Mágica en Peralada

150
La Flauta Mágica en Peralada
La Flauta Mágica en Peralada. Foto: T. Ferrer

Tras el Rinaldo del día anterior en la Iglesia, termina mi visita al Festival de Peralada con esta Flauta Mágica ofrecida en el Auditorio y que se ha saldado con un resultado por debajo de lo esperado. Los aspectos escénicos y los musicales han dejado un tanto que desear.

El Festival ha encargado una nueva producción al director teatral catalán Oriol Broggi que hacía con este trabajo su debut en ópera. Su trabajo no me ha resultado convincente. Se trata de una producción sumamente minimalista, que casi podríamos llamar inexistente, puesto que no hay escenografía propiamente dicha, aunque su paternidad en el programa se atribuye al propio Oriol Broggi. Consiste en un escenario vacío con una pantalla al fondo, donde se proyectan algunas imágenes que no resultan muy atractivas. En el propio escenario no hay sino unos palos para figurar unas puertas, además de unas sillas y bancos. El vestuario se debe a Berta Riera y resulta por demás simplista, ya que pareciera que los cantantes salieran a escena con sus ropas cómodas de calle. Únicamente los sacerdotes llevan una especie de sotana. La iluminación de Albert Faura resulta adecuada en las circunstancias.

La dirección de escena ofrece un pobre resultado, siendo casi inexistente, ya que los solistas parecen abandonados a su suerte y los coros de sacerdotes se limitan a salir y cantar de forma totalmente estática. Resulta sorprendente y caprichosa la presencia de un sacerdote que hace de narrador y en catalán. Al principio pensé que se suprimirían los diálogos, pero no fue así, sino que el mencionado narrador explicaba lo que estaba sucediendo. La verdad es que nunca he sentido la necesidad de que me cuenten lo que ocurre en escena en una ópera donde hay sobretítulos. Como digo, un capricho.

La dirección musical estuvo encomendada a Josep Pons, el actual director musical del Gran Teatro del Liceu, que contaba en el foso con su orquesta. Su dirección no me ha convencido. Funcionó bien durante la primera mitad de la ópera, pero en la segunda faltó ligereza e inspiración, resultando una lectura un tanto tediosa. Se podía esperar más de él. Lo hizo bien a sus órdenes la Orquesta del Liceu, mientras que el Coro del Liceu no pasó de la corrección.

El reparto vocal no ofrecía nombres de relumbrón, pero funcionó adecuadamente en su conjunto.

El Príncipe Tamino fue interpretado por el tenor armenio Liparit Avetisyan, que ofreció una voz atractiva y resulta un cantante adecuado. Quizá puede quedar un poquito corto de volumen, pero la impresión global es positiva. Como actor no pasa de cumplir, al menos en esta ocasión.

La Flauta Mágica en Peralada. Foto: T. Ferrer

Pamina era la soprano ucraniana Olga Kulchynska, que mostró una voz atractiva, aunque resultó a veces algo irregular. Hubo momentos en los que la voz sonaba muy bien y en otros resultaba más metálica, perdiendo armónicos. Es joven todavía y ha de madurar. Quedó particularmente corta como actriz, lo que tiene que deberse a la dirección de escena, ya que no hace sino unas semanas que la vi como Susanna en Le Nozze di Figaro y su desenvoltura escénica era mucho mayor.

Papageno era el barítono Adrian Eröd, muy habitual en la Staatsoper de Viena, aunque no suele cantar personajes protagonistas. Su actuación fue adecuada, aunque eché en falta una vis cómica superior.

Lo mejor en términos vocales de la noche vino de la parte de la soprano americana Kathryn Lewek en el personaje de la Reina de la Noche, cantando brillantemente sus dos arias, superando su endiablada tesitura y coloratura. Cantó visiblemente embarazada.

El bajo alemán Andreas Bauer fue un Sarastro un tanto modesto. La voz tiene amplitud y sonoridad en el centro, pero se queda muy corto en graves y eso siempre es un problema en este personaje.

El barítono británico Christopher Robertson lo hizo bien en la parte del Sprecher u Orador, mientras que Francisco Vas tuvo problemas para que su voz llegara al auditorio en la parte de Monostatos.

Julia Farrés-Llongueras cumplió en su parte de Papagena.
Lo hicieron muy bien las Damas de la Reina de la Noche, que fueron interpretadas por Anaïs Constans, Mercedes Gancedo y Anna Alás.
Los personajes de Sacerdotes y Hombres Armados fueron bien cubiertos por Gerard

Finalmente, los 3 Genios eran 6 en esta ocasión. Supongo que sería otro capricho del regista. Lo hicieron bien.

El Auditorio ofrecía una ocupación de alrededor del 80 % de su aforo. El público se mostró un tanto frío durante la representación, Al final, hubo una cálida acogida a los artistas, siendo los mayore aplausos para Kathryn Lewek.

La representación comenzó con 5 minutos de retraso y tuvo una duración de 2 horas y 53 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 2 horas y 25 minutos. Seis minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 190 euros, habiendo butacas de platea desde 165 euros. La localidad más barata costaba 60 euros.

Terminaré diciendo que el Festival tuvo el emotivo detalle de ofrecer la representación a la memoria de César Rosell, periodista y crítico musical, recientemente fallecido y con quien tantas veces coincidí en teatros de ópera. Descanse en paz.

José M. Irurzun