Una preciosa Tabernera del Puerto en momentos difíciles para el Teatro de La Zarzuela

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Una preciosa Tabernera del Puerto en momentos difíciles para el Teatro de La Zarzuela
Una preciosa Tabernera del Puerto en momentos difíciles para el Teatro de La Zarzuela

José Antonio Lacárcel

El ir al teatro, el ir a la Zarzuela siempre ha tenido algo de fiesta. Algo muy bonito, muy esperanzador, sobre todo teniendo en cuenta la acertada programación que el Teatro de la calle de Jovellanos, viene ofreciendo en los últimos años. Pero ese aire de fiesta queda, en buena medida, truncado ante la situaciòn que se está viviendo, por mor de una no deseada fusión- o más bien absorción,- por parte del Teatro Real. De este modo, y salvo que andemos muy equivocados, la zarzuela, el género español por excelencia queda en precario. Y toda la infraestructura, coros, personal, todo lo que es y significa el Teatro de la Zarzuela, está en el aire. Por eso entendemos y apoyamos en nuestra modestia, los planteamientos que hace el personal del Teatro. ¿Por qué los españoles tenemos la terrible tendencia a querer cambiar las cosas cuando éstas funcionan? ¿Por qué si se están haciendo bien las cosas, tenemos que apartarnos de ese camino y adentrarnos por otros que constituyen una incógnita? Siempre recuerdo esa frase lapidaria: Aquí yace Juan Español que estando bien quiso estar mejor.

Se nos vende que va a ser muy bueno lo de la fusión. Pero nadie explica nada. Si todo va a ser tan maravilloso, si se va a promocionar tanto la Zarzuela y todos los países del mundo mundial nos la van a quitar de las manos, si todo va a ser tan idílico, tan conveniente para todos ¿por qué no explicarlo con claridad diáfana? ¿Por qué ese ninguneo a tantas y tantas personas que aman y sienten la zarzuela? ¿Por qué ese sinvivir para todos aquellos que forman parte de la plantilla del teatro? Qué pena que peligre ahora, cuando está mejor que nunca, un proyecto que tantos esfuerzos costó a personas como Barbieri, Inzenga, Oudrid, Gaztambide, Hernando, Salas. Pero poco parece importarle a quien tome las decisiones.

Por eso mi tristeza porque me temo que haya problemas y que quien pierda sea la zarzuela como género, el teatro como soporte escénico y el personal del teatro y por supuesto los aficionados. Voces muy importantes en el mundo de la música, de la musicología, de la Universidad, de la Cultura con mayúsculas, han hablado claro, han firmado y han hecho ver que es preciso apoyar, mantener, potenciar la zarzuela. Nombres como Carlos Alvarez, Ainoha Arteta, Jorde de León, Emilio Casares, María Enzina Cortizo, Antonio Martín Moreno, José Antonio Campos, Miguel Angel Gómez Martínez…. la lista es larguísima, con nombres de calidad y peso específico. Pero… sigo siendo pesimista, muy pesimista. Me temo que todo está decidido.

En estas circunstancias el jueves 10 de mayo se dió la segunda y última representación de La Tabernera del Puerto. A la puerta del teatro, recogida de firmas. Dentro, momentos antes de empezar la representación, un miembro del personal da lectura a un comunicado. Algunas voces la interrumpen. La verdad es que hay que tener respeto, hay que escuchar. Con gritos, como si estuviéramos en Las Ventas, no se va a ninguna parte. Es mi opinión personal y aquí, gracias a la generosidad y hospitalidad de esta revista digital, la expongo con toda honestidad. Estoy por la zarzuela y al lado del personal y de la dirección del teatro que está teniendo una actitud de una elegancia y una dignidad poco frecuentes.

¡Qué lástima! Con lo hermosa que resultó la representación de una obra de entidad como es La Tabernera del Puerto, de ese gran músico que fue Pablo Sorozábal y con libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw. Romance marinero la llaman sus autores y sirve de base para una de las partituras más inspiradas, bellas y bien escritas, de la historia de la zarzuela. Es una de las grandes creaciones del siglo XX. Cuando muchos daban por muerto el género, ahí está Sorozábal con esta espléndida partitura, el mismo Sorozábal de Adiós a la bohemia, el mismo Sorozábal que no pudo ver estrenada su Juan José, para vergüenza de todos, y para mérito del teatro que el año pasado nos ofreció el estreno de una obra realmente buena.

Como buena, inspirada, bella, es la partitura de La Tabernera. No solamente las melodías son hermosas, hay que fijarse también en el excelente tratamiento armónico que hace el autor, en el intenso sentido rítmico de algunos momentos, en el formidable cuadro sonoro que despliega ante el espectador que siempre se siente sorprendido, aunque la conozca perfectamente, ante las posibilidades y la belleza de esta partitura de aparente sencillez, pero de verdadera enjundia musical. Qué brillante utilización de temas populares, tanto vascos como castellanos, como procedentes de América, conjugando tradición y audacia, de una manera magistral. Qué elegante utilizaciòn contrapuntística del aire popular Eres alta y delgada… qué belleza entre nostálgica y sensual, la del terceto habanera, o la hermosura lírica del dúo Leandro Marola, o la exquisita romanza de la protagonista En un país de fábula, con esa intercalación del coro a boca cerrada, o la gracia chispeante, sin perder el sentido del buen gusto, del dúo cónico, o la romanza de Simpson, con ese ritmo obsesivo de la percusión y con el guiño a la música americana, sin perder ni un ápice su genuino carácter español. Sabia combinación de posibilidades, como la dramática romanza final de Juan de Eguía, o el dúo en medio de la tempestad, o esa sencilla belleza del recitado de Marola sobre el tema- instrumento de viento- del terceto habanera. O la delicada intervención de Abel, con reminiscencias de acordeón, pero con un sentido muy dramático, muy hondo, con recitado y breve cantábile.

La Tabernera es todo eso y mucho más. Es poesía, es emoción, es intriga, es amor, es el mar, el puerto, la taberna, la dureza de los hombres de la mar. Es aventura, es delincuencia, es generosidad, es tantas y tantas cosas, plasmadas en un libreto nada cursi, y con una música en la que se alcanzan muchos momentos de gran altura y de indudable belleza. Por eso gusta tanto, por eso sigue viva en la preferencia de los aficionados.

La versión ofrecida fue muy interesante y con no pocos momentos de brillantez. Me gustó la dirección de escena, muy tradicional pero efectiva, realista, sin aditamentos extraños a la obra en sí. Tonalidades grises lógicas en un imaginario lugar del norte de España. Buen movimiento escénico, vestuario adecuado, sin ridículas pretensiones de novedad. Se resolvió muy acertadamente la escena de la tempestad. Todo ello debido a Mario Gas, solvente director escénico que contó con magnificos colaboradores como Vinicio Cheli en la iluminación, Aixa Guerra, eficaz en el movimiento escénico, escenografía de Frigerio y vestuario de Squarciapino. Todos ellos colaboraron a mantener un alto nivel en la escena. El coro, como siempre, sonó estupendamente con la acertada direccióndde Fauró.

Los cantantes a un altísimo nivel. Sabina Puértolas encarnó a una deliciosa Marola, estuvo muy bien en el dúo con Leandro, espléndida en su lírica romanza del segundo acto, convincente en el recitado y en todo momento dió una buena lección de saber cantar, utilizado el bello timbre de su voz, y consiguiendo transmitir un mundo de emoción, de sensibilidad, de ironía – como en la escena con las comadres del pueblo- siempre en una línea de eficacia y profesionalidad.

El tenor Antonio Gandía mostró una bella voz muy del tipo de lírico ligero con gran facilidad en los registros agudos que ataca sin problemas y con una gran musicalidad. La voz media es bella y destaco siemepre ese ya aludido sentido de la musicalidad que pienso debe ser fundamental en cualquier cantante. Estuvo formidable en la famosa romanza No puede ser, muy brillante en el dúo con Marola, seguro en todo momento y cantó con mucho gusto y de manera adecuada el dúo de la tempestad.

Rubén Amoretti fue un Simpson muy convincente. Con buenas dotes de actor, seguro, buen recitador y mejor cantante, como bien demostró en el terceto y en su brillante romanza Despierta negro que prácticamente la bordó arrancando merecidos bravos por parte del público. Y el personaje de Juan de Eguía, el gran protagonista de la obra que fue interpretado por el barítono Angel Ódena. Estuvo en el papel. Quizá un poco en frío todavía en el terceto habanera inicial, pero fue ganando consistencia a lo largo de la obra y además demostró que es consumado actor. Brillantísimo en la dramática romanza final del barítono. Alegre, decidor y desenfadado en la de la taberna La mujer de los quince a los veinte y siempre dotando de categoría interpretativa y de credibilidad a su personaje, para mí – opinión personal-el mejor trazado de la obra.

En general, una espléndida representación. Aunque soy pesimista quiero soñar en que las cosas volverán a discurrir por el cauce adecuado. El gran trabajo que está realizando el Teatro de la Zarzuela, merece apoyo, merece respeto y merece que se premie de la mejor manera posible. Manteniéndolo y mejorándolo.