Una Traviata decorosa con algunos peros…

187
La traviata en Castellón
La traviata en Castellón

«La traviata» siempre es una ópera que llena los teatros. En la Web «Opera base» es la que inicia el «top ten» de las más representadas, por ello no es extraño que el flamante y nuevo auditorio de la Vall (Castellón) estuviera prácticamente lleno el aforo para asistir a una representación que ofreció la compañía Opera 2001 que tiene un calendario de fechas muy repleto por las geografías española y francesa. Es una compañía de no gran envergadura que ofrece los espectáculos con cierta dignidad. Una orquesta bastante completa, con algunas carencias en el viento: una trompa (de las cuatro que prescribe la partitura) y el cimbasso que algunas agrupaciones que no cuentan con él, sustituyen por una tuba, y una sección de arcos bastante mermada a proporción con la (esa sí) notable ausencia del arpa. Un coro asimismo reducido (con 25 voces) que se descuadró varias veces en el primer acto. Como el vestuario y el atrezzo, la puesta en escena, fue muy clásica con una sala estilo segundo imperio, que se hizo servir para los tres actos (el segundo dividido en dos cuadros como es sabido) sustituyendo los arcos y la puerta practicable del foro por pinturas estilo Sargent, rejas, vidrieras o cortinajes, a conveniencia. El director de escena cumplió, por más que dejó a los cantantes no poco sueltos: el barítono cantando «Di Provenza» a la pata la llana semirescostado en un sofá con displicente indolencia, u ocupando él solo todo el sector izquierdo del cuarto de la moribunda violeta en vez de estar a la vera de su cama (la verdad es que fue el actor con menos posicionamiento del terceto protagonista) o el baron Duphol que estuvo casi un minuto plantado como un Don Tancredo ante Alfredo antes de lanzar el reto del duelo… Detalles como los citados y otros muchos, denotan desatención y hay que esmerarse en cuidarlos, porque acentúan la intensidad de las escenas y los momentos. La batuta de Martin Mazik cuidadosa pero excesivamente mortecina, estuvo más pendiente de obtener una respuesta afinada de la orquesta que de sus recursos expresivos y ello en una ópera tan emocional como «Traviata» no es de recibo.

Natalia Rise fue una violeta de excelente imagen, voz muy lírica y que supo ajustarse a las situaciones muy diferentes de estado emocional de los tres actos. Mereció la mena el timbre cristalino de su voz, sus delicadezas en la dicción con filaturas, y smorzature que indicaban musicalidad, aunque fue poco precavida al atacar el Mib conclusivo (no escrito) del «Sempre libera», que quedó calante al menos un par de comas y algo desfiatado. Como actriz, sin duda, excelente actuando con vivida convicción. Alfredo fue encarnado por David Baños un spinto de amplia emisión, voz cálida y de calidad, que concedió mucha vehemencia al personaje (más como cantante que como actor) aunque le faltó elegancia en el decir y en la situación. No le vendría mal ver videos de Carlo Bergonzi, Gianni Raimondi y por supuesto de mi idolatrado Alfredo Kraus.

Ya hemos señalado que Giulio Boschetti,  no cumplió como actor encarnando a Germont. Una voz excelente, con algunas vocales descolocadas en determinados momentos, de barítono verdiano, amplia y poderosa, que tendió a magnificar siempre y ello (aunque se ganó el favor del público) va en detrimento del papel que tiene abundantes matices.  Su momento fue el «Di sprezzo degno», que extrañamente inició piano y no con el «dignituoso fuoco» que le exige la partitura. Por lo demás, a parte de oír una voz generosa e importante de poca musicalidad, no hay nada que decir si no reproches. Cantar no solo es tener una gran voz sino inspiración, convicción y persuasión del carácter del personaje.  

Ahhhhh. Señalar que funcionó la tijera en la cabaletta del barítono tras su aria del segundo acto y en la segunda letra de la soprano del «Addio del passato».

Antonio Gascó