El vino en la ópera, por Juan José Rodríguez

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El vino en la ópera, por Juan José Rodríguez
Traviata: Los brindis forman parte de un elevado número de títulos

Desde la más remota antigüedad, el vino forma parte de la cultura del hombre. Varias decenas de variedades de vides se han encontrado en formaciones terciarias procedentes de épocas anteriores a la aparición del “Homo Sapiens”; los primeros homínidos conocieron la bebida fermentada de forma espontánea.

Asia Menor y el próximo Oriente tienen la primacía en la elaboración del vino; de estas zonas, su conocimiento ramificó a Egipto, Tracia y países mediterráneos. En la Biblia, se cita en varias ocasiones la planta de la vid, Noé planto la primera viña, habiendo bebido su vino se embriagó.

Además de los egipcios, fueron los asirios, griegos y romanos quienes también lo cultivaron para su consumo y comercio.

Como en la vida misma, la cultura del vino se hace notar de manera fehaciente en la ópera con cierta frecuencia; es vehículo conductor, además de testigo de excepción, de dramas y alegrías. Los jugos de la uva al ser ingeridos resaltan los sentimientos más profundos de los protagonistas.

Las más de las veces se alaban las excelencias del vino, cuando los nobles caldos acompañan las buenas mesas y se ensalzan su calidad y crianza, por medio de los diferentes taninos.

 

El Sumo Sacerdote de Isis y Osiris, a través de los tres muchachos, invita a Tamino y a Papageno a comer y a beber. Mientras que el príncipe egipcio respeta la regla impuesta, guardando silencio, el pajarero cuando ve los manjares, pregunta: ¿Estará tan bien provista la bodega?; bebe y exclama: Un vino de dioses. (Mozart, LA FLAUTA MÁGICA, acto II).

 

En Galilea, un personaje bíblico, el Rey de Judea, Herodes Antipas, lleno de tristes presentimientos, teme que algo trágico va a suceder y prefiere quedarse fuera del palacio, bebiendo con sus invitados. Inadvertidamente, pisa la sangre del capitán de la guardia, quien, ante la absoluta indiferencia de la princesa, acaba de quitarse la vida; entonces sus aprensiones aumentan, y pide a la hija de su mujer que beba de su copa: Salomé, ven bebe conmigo de este vino, es un vino exquisito, el propio César me lo ha enviado. (Stauss, SALOMÉ).

 

En un salón del Palacio Negroni, ante una mesa ricamente servida, los aristócratas defienden y exaltan una serie de jugos, según las cualidades y sus preferencias. Liverotto: Viva el madeira; Vitellozzo: Viva el vino del Rin, que calienta y anima; Gazella: De los vinos el de Chipre es el rey; Petrucci: Los vinos a fe mía, son todos buenos. Tras calmar los ánimos de agresión entre el joven aristócrata y el agente secreto de la duquesa, éste propone: ¡Bebamos señores!; un criado sirve bebida de una botella: Vino de Siracusa, los nobles responden: ¡Óptimo, a fe mía! (Donizetti, LUCREZIA BORGIA, acto II).

El hecho de que esta ópera, situada a comienzos del XVI, de cabida a una serie de jugos, se hace corresponder con la realidad histórica de este tiempo. Los caldos llegan a conocerse en la primera mitad de dicho siglo, cuando se lleva a cabo un amplio estudio acerca de los vinos consumidos en la Italia renacentista, considerando su aspecto, aroma, sabor, graduación, duración y aptitud para el transporte e idoneidad para acompañar a los distintos manjares. Incluso, se llega a determinar a que hora del día son más aptos -según las estaciones- en relación con las cualidades fisiológicas que presentan. El estudio abarcó las calidades y procedencias en los blancos, tintos y dulces de varias regiones de Italia, Grecia, Francia y España.

 

El joven caballero extremadamente licencioso, mientras espera la llegada del Commendatore, al catar el néctar, exclama jubiloso: ¡Excelente marzimino! (Mozart, DON GIOVANNI, acto II).

 

A bordo de la nave noruega, anclada en la ensenada, los marineros enaltecen las hojas de la planta Nicotiana y la bebida de fuerte graduación: Cada uno tiene en tierra a su chica, aguardiente del bueno y magnífico tabaco. ¡Timonel, bebe con nosotros! Las doncellas noruegas, en prueba de amistad, llevan viandas a los navegantes del holandés. Los noruegos las detienen y les preguntan para quienes son las cestas de comida y bebida, ellas responden: ¿Queréis aún más vino? ¡También ha de haber algo para vuestros vecinos! (Wagner, EL BUQUE FANTASMA, acto III).

 

Después de que Pedrillo lograra hacer beber al guardián del harén, Osmín, ambos emiten el veredicto consecuente con la cata del vino de Chipre: Un sabor excelente, un sabor delicioso ¡Es un néctar divino! Baco inventó el vino. (Mozart, EL RAPTO EN EL SERRALLO, acto II).

 

Con gran espanto, ante la imagen ensangrentada de Mario Cavaradossi, mientras es conducido al patíbulo, su amante, la cantante Floria Tosca, interrumpiendo la cena del jefe de policía, Scarpia, le implora a éste a favor del pintor. Él cínicamente, trata de calmarla: Vamos, mi bella señora, sentaos aquí ¿Queréis que busquemos juntos el modo de salvarlo? Entonces sentaos… y hablemos… En tanto un sorbo. Es vino de España… Un sorbo para reanimaros. (Puccini, TOSCA, acto II).

 

Con toda seguridad, quienes más conocimientos poseen y tengan más autoridad a la hora de emitir cualquier comentario laudable a favor de los caldos sean los espíritus del vino, quienes entonan halagos en torno a sus jugos, en la taberna de Luther, en Nuremberg: ¡Glú!, ¡Glú! (Offenbach, LOS CUENTOS DE HOFFMANN, prólogo).

 

El contramaestre Roque, tras haber hecho una singladura por alta mar, celebra con sus compañeros y gentes del pueblo su estancia en tierra: Esta es la fija, bebamos más, que ante vino tan sabroso mi gaznate es un brocal. (Arrieta, MARINA, acto III).

 

Quien no alaba la calidad del caldo -que le ofrecen como bueno- es Mefistófeles; éste al ser invitado por Wagner a que brinde con el grupo de estudiantes, toma el vaso, cata el jugo, y tirando su contenido, exclama: ¡Puf! ¡Qué malo es tu vino! (Gounod, FAUSTO, acto II).

 

En ocasiones diversas, los jugos de la uva son empleados como arma, para dejar fuera de combate a quienes estorban. Embriagar al enemigo, deja a éste a merced del sobrio.

 

El jefe sajón Armel, tiende una trampa al jefe vikingo danés Harald, accediendo al matrimonio del sanguinario guerrero con su hija. Durante el convite de bodas hace que se emborrachen los piratas vikingos, para que la princesa sajona mate a su esposo. (Chabrier, GWENDOLINE).

 

El doctor Cajus, entra enfadadísimo en la Hostería de la Jarretera, y acusa a Pistola -secuaz de Sir John Falstaff-, de que le ha emborrachado para robarle. El viejo gordo trata de conocer la verdad; paladea el licor cómodamente echado sobre el sillón y pide otra botella de Jerez, mientras escucha vagamente las quejas del galeno: Me hiciste beber bribón… luego cuando estaba bien achispado me vaciaste los bolsillos. (Verdi, FALSTAFF, acto I).

 

También el alférez del gobernador de Chipre, Yago, se propone emborrachar al capitán, Cassio, invitándole a beber en exceso, ya que es conocedor que éste no tolera bien el vino; así podrá demostrar al moro lo mal que cumple las obligaciones a su cargo: ¡Riega el gaznate!… ¡Quien haya mordido el cebo del ditirambo vanidoso y extraño, beba conmigo, beba conmigo, beba, beba… beba conmigo! (Verdi, OTELLO, acto I).

 

El caballero extremadamente licencioso, Don Giovanni, para conseguir a la lugareña, Zerlina, no duda en ordenar a su criado que sirva alcohol a los campesinos: Hasta que tengan la cabeza caliente por el vino. (Mozart, DON GIOVANNI, acto I).

 

Para que puedan lograr fugarse las dos parejas de enamorados, el criado del hidalgo español, Pedrillo, intenta convencer al guardián del harén, Osmin, de que es una lástima que los dictados de Mahoma le prohíban beber vino. Cuando logra convencerlo, lo emborracha, sirviéndole copa tras copa: ¡Viva Baco! ¡Baco vive! (Mozart, EL RAPTO EN EL SERRALLO, acto II).

 

Los bohemios hacen beber al casero, llenándole constantemente el vaso, para hacerle olvidar el alquiler que le deben: ¡Bebed!, otro traguito, ¡Choquemos! (Puccini, LA BOHEME, acto I).

 

Las burbujas del champán y los mejores vinos de reserva están presentes cuando la alegría se contagia a la hora de los brindis.

 

En el salón de los banquetes en el castillo de Macbeth, se festeja la autoproclamación de éste como nuevo rey de Escocia, tras haber dado muerte al anterior monarca. Entre salves de nobles y damas, la consorte celebra su ascenso al trono: Cólmese la copa del vino más selecto, que nazca el placer y muera el dolor. (Verdi, MACBETH, acto II).

 

En su reunión de estudiantes, Wagner, atraído por Mefistófeles, se siente honrado al invitarle a brindar. Tras tirar el vino, el Maligno obsequia al grupo: ¡Permitid que os ofrezca el de mi bodega! Golpea el tonel y mana el vino: ¡Cada cual será servido a su gusto! ¡A la salud de lo que brindabais amigos, a la salud de Margarita! (Gounod, FAUSTO, acto II).

 

En la noche de Walpurgis, entre fuegos fatuos, las brujas celebran su fiesta. Mefistófeles ordena que se abran las montañas y aparece un palacio. Reinas y damas preparadas para un festín, celebran: ¡Qué se llenen las copas en honor de los antiguos dioses! (Gounod, FAUSTO, acto V).

 

En el Palacio Negroni, la aristocracia alza las copas en honor a la princesa anfitriona: ¡Brindemos! ¡Brindemos! (Donizetti, LUCREZIA BORGIA, acto II).

 

El impío libertino, Don Giovanni, esperando la llegada del oficial de la orden caballeresca, pide de beber. Su criado, llevado por el pánico, ante la inminente aparición de la estatua, ingiere el licor apresuradamente, mientras su señor trata de frenarlo, aconsejándole que para consumir la bebida hay que entonar un brindis. Pasquarello levanta la copa a la salud de su señor abuelo, bebe todo el contenido y se llena de nuevo la copa; el noble brinda por la ciudad y damas de Venecia, y le pregunta al criado qué hace, éste le responde: Renuevo ahora el vino. Masculino y femenino no se han de mezclar conjuntamente. (Gazzaniga, DON GIOVANNI).

 

En un campamento militar próximo al pueblo italiano de Velletri, los soldados piden vino a las vivanderas, y brindan: ¡A vuestra salud! ¡Por España e Italia unidas! (Verdi, LA FORZA DEL DESTINO, acto III).

 

Otra reunión de estudiantes, en el porche de una posada de Amiens, cerca de la puerta de París; los primeros se divierten con unas muchachas que salen de trabajar: ¡Gocemos de la tarde!, ¡Baile, brindis, locura! (Puccini, MANON LESCAUT, acto I).

 

En la taberna de Lillas Pastia, se elevan las copas en honor al torero de Granada, que ha triunfado en las últimas corridas de su ciudad: Beberemos en su honor, Escamillo responde: Puedo devolver su brindis, señores. (Bizet, CARMEN, acto II).

 

También en la eterna Sevilla, se festeja el regreso del torero que tomó la alternativa en Madrid. Cuando se fue era novillero y vuelve de la Corte con la borla del doctorado en el Arte de Cúchares: ¡Empiese ya la juerga y venga er vino! Venga una caña de mansaniya q’e bebé quiero con mi chiquiya. (Penella, EL GATO MONTÉS, acto I).

 

Casa de Violetta Valéry, la nobleza y cortesanas liberan los corazones durante el banquete; la protagonista quiere ser como Hebe, la escanciadora de los dioses; su enamorado, Alfredo Germont, entona: Bebamos en las chispeantes copas… Libemos al amor, que en las copas más cálidos besos hallará. Todos le responden: ¡Ah! ¡Gocemos…! La copa y el canto embellecen la noche y la sonrisa… (Verdi, LA TRAVIATA, acto I).

 

El domingo de Resurrección, el soldado Turiddu invita a los vecinos del pueblo a probar el vino de la nueva cosecha: Viva el vino espumoso. (Mascagni CAVALLERIA RUSTICANA).

 

En el mesón de la aldea luguesa, los mozos se ríen del conquistador que ha sido burlado por la protagonista, cuando ésta se negó a ser seducida. Como el adinerado bravucón no tolera ser la mofa de nadie, los jóvenes se disculpan aclarándole que le estaban hablando en broma, entonces, Pedrucho, alzando la cunca, dice: ¡A brindar! Brindemos con este vino, el mejor que existe en el mundo entero… Vino que al dolor da guerra, sangre pura de mi tierra. Es el vino y la rapaza el tesoro de mi raza. (Baudot, CANTUXA, acto I).

Los parientes y convidados a la sesión de teatro comen y beben; Spiridione sirve el vino: Tengo deseos de bailar y beber. (Donizetti, IL CAMPANELLO).

 

La llegada de un buque mercante a la localidad catalana de Lloret de Mar, es celebrada por tripulación y vecindad del pueblo, en la taberna próxima al puerto: Hasta el borde las copas llenemos, a gozar, a beber, a beber, su espumoso licor apuremos… A beber, a beber y apurar las copas de licor, que el vino hará olvidar las penas del amor. (Arrieta, MARINA, acto III).

 

En una colina cercana a Nagasaki, en la casa que el teniente de la marina de los EE.UU., Pinkerton, ha comprado para su boda con la adolescente nipona, Cio-Cio-San; el cónsul americano levanta el vaso: Bebo a la salud de su familia lejana. Al entrar todos los presentes, Yakuside pregunta: ¿No hay vino aquí? Tras la ceremonia matrimonial, parientes e invitados brindan por la pareja: Bebamos por los nuevos lazos. (Puccini, MADAMA BUTTERFLY, acto I).

 

Existe un grupo de personajes, perfectamente definido, que -bien por situaciones límites, o porque el licor está presente en su mente de forma constante al formar parte de su vivir cotidiano-, llegan a ingerir más cantidad de alcohol de la que sus cuerpos admiten, llegando a la embriaguez, total o parcial. Algunos de ellos, con grandes cantidades de vino bebido, aguantan como si estuvieran sobrios; sus naturalezas son especiales. Otros se escudan en la fama de borrachos que otros compañeros tienen, y no dudan en culparlos de su continua embriaguez, para tapar o enmendar algún revés o desavenencia que les contraríe; y hay hasta quien, para lograr un plan favorable, no duda en fingirse absolutamente ebrio.

 

En una taberna que muestra la insignia del Dios Baco en la entrada, el alcohol acompaña en la diversión a los estudiantes: Vino o cerveza, cerveza o vino, ¡Que mi vaso se llene! sin vergüenza, trago a trago, ¡Un borracho se lo bebe todo!; ¡Joven adepto al tonel, solo desprecia el agua!, ¡Que tu gloria, tus amores, te hagan beber siempre! Los burgueses se adhieren a los estudiantes: ¡Vamos! ¡Compañero! ¡Bebamos un vaso de vino! Mi mujer se queja de todo, siempre hay que hacerle caso. Antes de marchar con su batallón de soldados a la guerra, Valentín es invitado a beber por su amigo Wagner: ¡Un último trago señores, y pongámonos en camino! (Gounod, FAUSTO, acto II).

 

La ingestión del vino hace desarrollar toda una estratagema entre Sir John Falstaff y su compañero de mesa, tras quejarse el doctor Cajus de que ambos le han desvalijado. Bardolfo dice del doctor: Él bebe y por beber demasiado pierde los cinco sentidos, luego te cuenta unas fábulas que ha soñado mientras dormía bajo la mesa. Falstaff a Cajus: ¿Lo oyes? Si puedes comprenderlo, conoces la verdad. Se niegan los hechos. Vete en paz. Cajus desesperado, ante el enredo que le tienden los dos embrollones, exclama: Lo juro si otra vez me emborracho en la hostería será entre gente honesta, sobria, civilizada y pía. (Verdi, FALSTAFF, acto I).

 

Uno que no tiene nada que envidiarle a su gordo señor, en cuanto a la masiva ingestión de vino, es su criado. Éste cree encontrar la razón al color rojizo que tiene su nariz; está convencido que son los aditivos que le añaden a los caldos: Me siento mal, tengo el intestino estropeado. ¡Malditos sean los hosteleros que echan cal al vino! (Verdi, FALSTAFF, acto I).

 

En un paraje montañoso de Aragón, un grupo de rebeldes y bandidos comen y beben. Su situación es límite y tratan de ahogar sus angustias con los caldos de la región: ¡Viva! ¡Bebamos! ¡Bebamos! ¡Al menos en el vino hallemos placer! ¿Qué le queda al bandido, del que todos huyen, si le falta un vaso? ¡Alegres! ¡Bebamos! ¡Bebamos! (Verdi, ERNANI, Acto I).

 

Delante de la puerta del cuartel, situado en la plaza principal de Palermo, un grupo de soldados franceses bebe y canta sentado alrededor de una mesa. Como conquistadores de la región italiana de Sicilia, festejan su victoria, recordando su tierra natal. Mientras, los habitantes de Palermo forman corros en la plaza o pasean por ella; en sus semblantes se advierte el resentimiento que sienten hacia los franceses. Soldados: Hacia ti, cielo patrio, con dulce añoranza vuelva mi pensamiento, sí, entre cantos y vasos de vino. Con ramas de laurel con vino y oro premiad el valor del osado vencedor. Sicilianos: Con impío deseo nuestro suelo natal insultan los malvados entre cantos y vino.

Dulcamara
Dulcamara

Después de beber hasta la saciedad, el soldado francés, Roberto, orgulloso de la opresión y los abusos que las fuerzas políticas y militares de Carlos de Anjou -rey de Nápoles- ejercían sobre los habitantes de Sicilia, se levanta de la mesa completamente ebrio y obliga a cantar a la duquesa Elena. Muchas copas vaciamos; ¡ahora, una canción alegre, que los sicilanos canten nuestra gloria. (Verdi, I VESPRI SICILIANI, acto I).

 

Existen dos consumidores de excepción, Varlaam y Missail, monjes vagabundos que tienen la misión de mendigar para la iglesia, aunque casi todo el dinero que recogen se lo beben. Al llegar a una posada próxima a la frontera lituana, el primero, mientras bebe copiosamente, se jacta de su valor cuando era militar y entona una canción guerrera. Tras un momento de confusión, en que una patrulla de soldados confunde al religioso con un huido, el vino es consumido en abundancia entre los presentes en el establecimiento: Bebamos una copa. (Mussorgsky, BORIS GODUNOV, acto I).

 

Para la ceremonia de iniciación al honorable puesto de “pappataci”, en la persona del Bey de Argel -motivo que hace sentirse a éste muy honrado y sumamente agradecido-, se prepara una mesa llena de manjares y bebidas. Los esclavos italianos orientan a Mustafá: Ignorad a los demás, comed y bebed y permaneced callado. Tras el juramento, al darse cuenta que su nombramiento equivale a lo que en Italia se da en llamar “hacer de carabina”, el Bey reclama la fuerza de los turcos, eunucos y moros; éstos no acuden… ya es demasiado tarde. La explicación la recibe de su esposa, de su esclava y de su capitán de corsarios: Están todos borrachos. (Rossini, LA ITALIANA EN ARGEL, acto II).

 

También al alcohol se le pretende echar la culpa de que el jardinero del castillo viera al paje saltar de la ventana de la condesa, destrozándole los claveles. Como esta realidad no interesa que llegue a ser conocida por el conde, la servidumbre y la propia Rosina tratan de desvirtuar sus palabras: Ese hombre nos desconcierta, ¿ese borracho que viene a hacer aquí? Tú estás ebrio desde el amanecer. Pero señor, si en él habla el vino. (Mozart, LAS BODAS DE FÍGARO, acto II).

 

En el París prerrevolucionario, la mulata Berci, que se considera una buena ciudadana, cree que jamás será motivo de sospecha por parte de la Revolución. En una charla que mantiene con un espía de Robespierre, éste le pregunta si tiene algo que temer, la criada del palacio de Coigny le expone lo que considera idóneo, incluso en los días que corren, para su tipo de vida: Me gusta vivir de prisa… ¡Aquí el son de las monedas y los brindis!… ¡Aquí embriaga el vino, allá abajo embriaga la sangre!… ¡Aquí la Maravillosa que brinda con champán! (Giordano, ANDREA CHENIER, acto II).

 

La alegría del triste que pregona la mulata, la experimenta la multitud. La carmañola es el alma de la calle: ¡Amigos cantemos todavía, bebamos!… ¡Llena la copa! ¡Alegre el corazón, llena la copa! ¡Cantar y beber! ¡Viva la libertad! (Giordano, ANDREA CHENIER, acto III).

 

Un bosque de Bohemia sirve de escondrijo a un grupo de bandidos; uno de ellos, Rolla, pasó de estar prisionero y condenado a muerte a verse libre de la prisión. Cuando se encuentra con sus compinches pide una bebida de fuerte graduación alcohólica, obtenida por destilación del vino y otras sustancias: …De la horca acabo de escapar. ¡Dadme aguardiente! No puedo más. (Verdi, I MASNADIERI, acto II).

 

El vino ensalza y estimula a personajes como el Barón de Monte Fiascone. Éste, ataviado con atuendo bordado con racimos de uva, se ve rodeado por los caballeros del Príncipe de Salerno, quienes le comunican el nuevo cargo que ostentará en palacio: Habiendo catado ya treinta botas y bebido ya por tres sin llegar a tambalearos; a Su Majestad le place nombraros bodeguero: intendente de las copas con amplia autoridad, presidente de la vendimia. Tras su investidura, lo primero que hace Don Magnífico, es dictar una orden que será plasmada en seis mil ejemplares para que se publique por la ciudad: A quien esto leyere no volver a echar en quince años en el vino una sola gota de agua. Gran premio de dieciséis piastras a quien más Málaga llegue a beber. (Rossini, LA CENERENTOLA, acto I).

 

Sin embargo, el rico terrateniente de Cremona, el gentilhombre necio y avaro, Don Cassandro, se esfuerza en aparentar sereno, con una bien definida embriaguez encima: Yo no estoy borracho, sólo un poquito alegre, al fin el vino me aconseja bien. (Mozart, LA FINTA SEMPLICE, acto II).

 

Todo lo contrario del planteamiento del terrateniente, es lo que aconseja el “factotum” de la ciudad al Conde de Almaviva, a que se finja borracho para poder entrar en la casa de su amada, burlando la vigilancia del doctor en medicina: Porque uno que no esté en sus cabales, que esté a punto de caerse de tanto vino, el tutor se fiará. (Rossini, EL BARBERO DE SEVILLA, acto I).

 

Quien no tiene que fingir ni aparentar es el poeta; cuando acaba de narrar sus amores, la cantante lo va a buscar a la taberna, pero él está demasiado ebrio. (Offenbach, LOS CUENTOS DE HOFFMANN, epílogo).

 

A orillas del Índico, en la Australia occidental, Ralph, el aprendiz del artesano guantero, relata en la taberna, borracho como una cuba, la angustia que le provoca su amor no correspondido por la hija de su patrón. (Bizet, LA JOLIE FILLE DE PERTH, acto II).

 

En la Galicia rural, en las montañas de Lugo, los solteros van de fiesta a la romería, a cortejar a las mozas: Aquí podemos beber, aquí podemos brindar, y troulear, jugar, cantar, amar, gozar y despreciar ¡Venga el vino del Ribeiro que me quiero emborrachar! De entre los jóvenes, destaca, como pendenciero y conquistador, Pedrucho, hijo de ricos, quien entona: Tralalá, si el alma llevo herida; Tralalá, el vino es mi salud; Tralalá, que hermosa es esta vida; Tralalá, habiendo juventud. (Baudot, CANTUXA, acto I).

 

Entregados a la bebida por problemas de mujeres, los dos amigos ahogan sus desconsuelos en el alcohol. Jorge, el flamante capitán de barco, que no es bebedor habitual, cuando se cree traicionado por quien ha sido su amor desde la niñez, se embriaga en compañía de su contramaestre: Llenad la copa, si, llenadla ya otra vez, a ver si logro al fin calmar mi ardiente sed. A beber, a beber y ahogar el grito del dolor, que el vino hará olvidar las penas del amor. Roque, que ya es un bebedor empedernido, necesita del estímulo del licor en grandes dosis, su vida la destrozó una Ruperta: De este sabroso jugo la blanca espuma, aleja de las penas la negra bruma; si Dios hubiera hecho de vino el mar, yo me volviera pato para nadar. (Arrieta, MARINA, acto III).

 

Tan sabroso es el jugo de uva al agriarse, que algunos personajes lo comparan, a partes iguales, entre el ansia de beber y la calidad del caldo, con lo divino o celestial. Hemos visto la exclamación de Papageno al probar el vino; como él no llegará jamás a ser un iniciado, ya que su mente está lejos de tal osadía, incide en su terrenal deseo: Las alegrías más celestiales serían ahora para mí un buen vaso de vino. (Mozart, LA FLAUTA MÁGICA, acto II).

 

El Barón Scarpia va mucho más allá que el pajarero. Añade al binomio vino-divinidad, otro elemento a semejar, formando una trilogía con los mismos: la mujer. En sus aposentos de la planta superior del Palacio Farnesio, ante una mesa bien dispuesta, mientras espera a la cantante con un intenso deseo, monologa cínicamente: Dios creó distintas bellezas y distintos vinos; yo quiero gustar cuanto pueda de la obra divina. (Puccini, TOSCA, acto II).

 

También ante una buena mesa, en esta ocasión en la granja de la protagonista, los habitantes de la aldea beben y cantan. El sargento Belcore expresa el mismo sentir del jefe de la policía romana: Para mí el amor y el vino los dioses siempre serán, la mujer y la bebida compensan de todo afán. (Donizetti, L’ELISIR D’AMORE, acto II).

 

La comparación también la establecen los compañeros de aventuras del hijo del regente Conde de Moor, cuando se encuentran en una taberna, en la frontera de Sajonia. Aquí la equidad va pareja al duelo con arma blanca: Una banda, una banda. Héroes de caminos… ¡Con el puñal y la copa nadie iguala al bandido! (Verdi, I MASNADIERI, acto I).

 

El modo de actuar sin la menor moderación, encuentra en el licor su mejor aliado. La princesa de Judea descarga todo el ansia que la consume hacia la cabeza recién degollada de Juan el Bautista; dirigiéndose hacia ella, como si aún tuviese vida, le dice: Tengo hambre de tu cuerpo. Ni el vino ni las manzanas podrán apaciguar mi deseo. (Strauss, SALOMÉ).

 

En un desenfreno sin límites, el caballero español, ante una mesa dispuesta para un festín, se divierte con el buen yantar al que acompaña de excelentes caldos, a la vez que escucha un hermoso concierto. Cuando la dama de Burgos, Donna Elvira, desesperada, entra en la estancia a darle la última prueba de su amor, olvidando anteriores desengaños, el noble se burla de ella sin conmoverse de su dolor; bebiendo exclama: ¡Vivan las mujeres, viva el buen vino, sostén y gloria de la humanidad! (Mozart, DON GIOVANNI, acto II).

 

En el apogeo de la fiesta que se celebra en el palacio ducal, el deforme bufón narra todo lo que le divierte a su señor, el Duque de Mantua: El juego y el vino, la fiesta y el baile, batallas, convites: Todo le place. (Verdi, RIGOLETTO, acto I).

 

La noche es tormentosa, en el interior de la hostería, el Duque de Mantua, vestido de simple oficial de caballería, solicita de Sparafucile: Una habitación y vino. El libertino, que intenta seducir a Maddalena, habla, ríe y bebe con ella. Cuando el Duque, cansado, se retira a la habitación cedida por el sicario, éste bebe de la botella del noble, al que ha de dar muerte por encargo del jorobado. (Verdi, RIGOLETTO, acto III).

 

La ingestión del vino hace filosofar a más de un personaje de toda condición o rango social. En ella, tiene cabida todo tipo de problemas.

 

El licor hace reflexionar a Sir John Falstaff. Tras pedir un vaso de vino caliente, medita: El buen vino disipa los sombríos embustes del desconsuelo. En su resolución da por bueno verter un poco de vino en el agua del Támesis, beber vino dulce y desabotonarse al sol. (Verdi, FALSTAFF, acto III).

 

A la misma conclusión del gordo mujeriego llega el príncipe de Dinamarca, acerca del estado físico-psicológico, en que queda sumido el ser humano cuando ingiere el preciado licor: El vino disipa la tristeza que pesa sobre mi corazón… Oh licor encantador, derrama embriaguez y el olvido en mi corazón. (Thomas, HAMLET, acto II).

 

La filosofía del viejo la comparte Enrico, aunque no destragaría ni una sola gota del licor; él se lo bebe todo, ya que le sirve de huida a la penosa realidad: Escancia, escancia y se pierda en el viento todo cuidado y todo lamento. (Donizetti IL CAMPANELLO).

 

La omnipresencia del vino en todas las actitudes de la vida le hace comparecer, incluso, para dar sentido a la metáfora. Osmín, el guardián del harén, mientras recoge higos, divaga acerca del universo de las mujeres, creyendo dar con la fórmula de la fidelidad: El hombre que ha encontrado una amada, para que se mantenga fiel, debe guardarla bajo llave; las muchachas en libertad van a la caza de mariposas y prueban, de buena gana, el vino ajeno. (Mozart, EL RAPTO EN EL SERRALLO, acto I).

 

Los vinos con denominación de origen, característicos de países y regiones concretas se los reparten los protagonistas, dándoles los más variados cometidos.

El vino de Burdeos, embotellado con falsa etiqueta, es vendido por el “dottore enciclopedico” Dulcamara, como un jarabe que todo lo cura, desde el asma a la histeria, diabetes, raquitismo, hígado… que se lo han traído, dice, por correo desde miles de millas de distancia -sin duda, adquirido al por mayor, en barricas bordelesas-: (Donizetti, L’ELISIR D’AMORE, acto I).

 

En la víspera de Navidad, el Burdeos entra en la humilde buhardilla parisina, para ser ingerido por los cuatro amigos, el filósofo, el poeta, el pintor y el músico, cumpliendo la tradición de beber en casa y cenar fuera. El mismo caldo servirá para reanimar a Mimí, la modistilla, quien a punto de desvanecerse es socorrida por Rodolfo, el poeta: Aquí hace mucho frío, sentaos cerca del fuego. Esperad… un poco de vino. (Puccini, LA BOHEME, acto I).

 

En la Andalucía apasionada, el blanco oloroso se entremezcla con el duende gitano. Tras ser maniatada por el cabo de la guardia, la cigarrera, de forma sugerente, le dice al militar: Junto a las murallas de Sevilla, en casa de mi amigo Lillas Pastia, bailaré la seguidilla y beberé manzanilla. (Bizet, CARMEN, acto I).

 

El oro líquido vuelve a ser protagonista en el sur español; en esta ocasión, para relajar el ánimo. Ante el augurio de muerte, por asta de toro, del torero sevillano, el picador de su cuadrilla, inquieto y nervioso, se toma una caña de manzanilla: Si no fuera por er vino, no saldría yo a picá. (Penella, EL GATO MONTÉS, acto II).

 

Como artículo de comercio, el vino es el protagonista de fondo, para que el siciliano Turiddu, vaya a los pueblos vecinos en su compra: Madre, el vino es generoso. (Mascagni, CAVALLERIA RUSTICANA).

 

En la realidad histórica, así como en la ficción teatral de la ópera, hay un contraste bien definido entre los hombres que abusaron de esta bebida y los que supieron reconocer, respetar y celebrar el vino como uno de los más preciados dones de la naturaleza y de los dioses. No en vano, la vid y su jugo fermentado cuentan en la mitología con un Dios exclusivo: Baco, quien, según el argumento de la ópera SEMELE -de Haendel-, nacería de las cenizas de la hija del rey de Tebas, para alegría de los hombres.

Juan José Rodríguez de los Ríos