Vivica Genaux y Farinelli: juegos malabares

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Vivica Genaux
Vivica Genaux

De vivir en nuestros días, el castrato Farinelli no podía haber imaginado mejor tributo a su figura. Aquel ídolo de masas del star system operístico del siglo XVIII que ayudó a combatir los desvelos de Su Majestad el Rey Felipe V ha sido literalmente emulado en el Teatro de la Zarzuela gracias al carisma y talento vocal de la mezzosoprano Vivica Genaux (Fairbanks, Alaska, 1969), que venía a ofrecer al público madrileño junto al experimentado conjunto Les Musiciens du Louvre esta “Memoria de Farinelli”.

El concierto, integrado por arias de ópera barroca italiana y piezas instrumentales de autores como Porpora, Torri, Vivaldi, Riccardo Broschi, Giacomelli y Hasse, sirvió para poner de manifiesto todos los atributos interpretativos de la cantante estadounidense. Casi como una rara avis del circuito operístico actual, Genaux no ha perdido ni un milímetro de su capacidad para seguir asombrando a la audiencia a la hora de emitir racimos de notas en décimas de segundo bajo una aparente y pasmosa facilidad, como si de un juego de niños se tratase. Si a esa cualidad vocal para el ornamento y la floritura vertiginosa (que la sitúan en igualdad de condiciones frente a la mejor época de la gran Cecilia Bartoli), se une su increíble manejo de la coloratura, el cambio entre registros en sus ascensos o descensos de octava, desde el incisivo agudo -con un mayor vibrato y un sonido más chirriante según avanza hacia el tercio superior- hasta un firme y hondísimo, atronador grave, por no hablar de su irresistible simpatía y maneras risueñas para conectar con el público, el espectáculo está más que servido.

Como era de esperar, apostó Genaux mayormente por las arie di bravura de corte bélico y batallador, a cada cual más vibrante y vertiginosa, de óperas como Nicomede, del desconocido compositor Pietro Torri, con la que abrió fuego a discreción, estando segura de su victoria, de Idaspe y Artaserse –sendas arias de Darío y Arbace- de Riccardo Broschi (el hermano músico de Carlo Broschi, “Farinelli”) y Semiramide, regina dell’Assiria de Nicola Porpora, el autor más prodigado en este programa. En todas ellas, como si de una gimnasta profesional se tratara, no demostró Genaux ni la más mínima muestra de agotamiento, ni tampoco pareció agotarle al espectador, que obsequió el esfuerzo empleado en cada aria con una clamorosa ovación, pese a que pudiera haber un punto en el que este tipo de páginas vertiginosas resulten idénticas una a la otra en su estilo, aun perteneciendo a diferentes autorías, y la sensación de encontrarse ante una suerte de ejercicio circense en su realización interpretativa por las abrumadoras facultades canoras de la cantante americana.

Pero no todo fue pirotecnia ni malabarismo vocal, también hubo espacio para los remansos de paz, para lo idílico, como el aria “Dolci, fresche aurette grate” del Polifemo de Porpora, precedida de su recitativo (“Oh volesser gli Dei”), donde Genaux mostró sus dotes expresivas para el declamado barroco. De la misma ópera del napolitano ofreció en la segunda parte el archiconocido aria de Acio, el “Alto Giove”, haciendo gala de una ensoñadora línea de canto. Antes, y tras el descanso, había seguido demostrando una sentida realización teatral en otro hermoso aria di sostenuto, “Sposa… non mi conosci” del Merote de Geminiano Giacomelli.

La mórbida voz de Vivica Genaux estuvo magníficamente bien arropada por los doce instrumentistas de Les Musiciens du Louvre, abanderada orquesta en la interpretación historicista antaño comandada por su fundador, Marc Minkowsky, y ahora liderada desde el violín por Thibault Noally, que brindaron varias páginas instrumentales exhibiendo todo el virtuosismo, el brillo y el empaste de sus ocho cuerdas, más el bajo continuo de contrabajo, clave y tiorba: la Sinfonía de Agrippina de Porpora, el Concierto para 2 violas y violonchelo de Vivaldi (aquí transportado a los violines de Noally y Claire Sottovia, con el chelo de Fréderic Baldassare) y la Fuga y Grave de Johann Adolph Hasse, en los que la agrupación funcionó como un engranaje perfecto. Tras el buen sabor que dejó en el ambiente la trepidante “Son qual nave ch’agitata” del Artaserse de Broschi, llegaron dos propinas, una de ellas la tempestuosa “Agitata da due venti” de la Griselda vivaldiana, página que la propia mezzosoprano reconocía que, de faltar, el concierto no sería concierto. Y es que el singular arte canoro de Farinelli, ese Elvis de su época como lo denominó Genaux, consiguió ser revivido a través del deslumbrante arte de la estadounidense en esta mágica velada barroca que provocó el entusiasmo de unos y el delirio de otros.

Germán García Tomás