Con la temporada operística ya finiquitada en Nueva York, las apariciones de la Orquesta del Met en el Carnegie Hall ponen el colofón al ciclo lírico de la compañía, antes de su tracional gira verniega.
Los dos conciertos de los pasados 12 y 18 de junio de 2025 fueron más que un cierre de temporada: fueron una afirmación de identidad y excelencia de un conjunto que, sin abandonar su vocación operística, pretende hacerse fuerte también en el exigente circuito sinfonico de Nueva York.

Bajo la dirección de Yannick Nézet-Séguin, la orquesta abordó un repertorio ambicioso, con resultados desiguales pero momentos de altísimo nivel artístico. Acompañada por dos grandes sopranos —Elza van den Heever y Angel Blue—, la agrupación brilló especialmente por la ductilidad y la entrega de sus músicos, y por una capacidad de adaptación estilística al alcance de muy pocas orquestas.
I. Richard Strauss, con y sin Viena (12 de junio)
El primero de los conciertos fue enteramente dedicado a Richard Strauss, y estuvo marcado por un momento particularmente emotivo: el homenaje al concertino David Chan, que se despide de la orquesta tras décadas de ejemplar servicio, para volcarse en su carrera como profesor. El público del Carnegie Hall lo ovacionó con calidez tras su soberbio solo en Ein Heldenleben, ejecutado con sobriedad y maestría, ofreciendo un ejemplo de equilibrio frente a las famosas veleidades del director.
La noche se abrió con la Suite de Der Rosenkavalier, una obra que pide elegancia vienesa y lirismo romántico, pero que en manos de Nézet-Séguin resultó algo cursi y ñoña, desprovista de ese carácter vienés que define la música de Strauss. Aun así, la orquesta mostró un sonido redondo y una lectura clara de la partitura. Las dinámicas exageradas, que parecían adornar la línea melódica de forma innecesaria, revelaron más voluntarismo que gusto musical. Sin embargo, la orquesta respondió con flexibilidad, obediente y solícita al gesto del director.

En Ein Heldenleben, la orquesta sonó más cohesionada, con mucho orden interno y un manejo admirable de las masas sonoras. Nézet-Séguin impuso su visión musical —postmoderna, colorista, tendente a la espectacularidad y la especulación semántica— con gran habilidad. Fue una versión vistosa y eficaz, que encontró su mayor virtud en la claridad de ejecución y el pulso narrativo, aunque a veces sacrificara profundidad emocional.
El gran atractivo vocal de la noche fue Elza van den Heever, que ofreció un ramillete de lieder de Strauss que fueron recibidos con merecido entusiasmo por el público. En Zueignung, maravilló con fulgurantes subidas al registro agudo, exhibiendo un dominio técnico apabullante. En Wiegenlied, aunque su vibrato en la media voz resultó excesivo, destacó la intensidad de la declamación del texto de Richard Dehmel. Allerseelen fue uno de los momentos más redondos de la noche: el tempo y el gusto de Nézet-Séguin acompañaron a la soprano, que cantó con aplomo, estilo, seguridad técnica y un lujo sonoro indiscutible.
En Cäcilie, van den Heever demostró que lo mejor de su instrumento luce en la gloria del agudo a plena voz: un sonido campanudo, corpóreo y bien vestido, perfectamente arropado por la orquesta. Befreit cerró el ciclo con una interpretación muy emotiva, donde el acompañamiento fue elegante y sobrio, como corresponde a la intimidad del texto. Fue, sin duda, una actuación vocal de alto nivel, redondeada por una colaboración orquesta-director-soprano que resultó plenamente satisfactoria gracias a un Yannick Nézet-Séguin que supo mantenerse en un segundo plano.

II. La diversidad del Nuevo Mundo (18 de junio)
El segundo concierto mostró la enorme amplitud de registros de la Orquesta del Met y de su director, con un programa que graviataba la música clásica creada o inspirada en América.
La velada comenzó con “Antrópolis”, de Gabriela Ortiz, una pieza evocadora y llena de vívidas imágenes. La obra trae a Nueva York la noche de Ciudad de México de una manera física, sensorial y programática, con una vocación trascendente que se asienta en la universalidad de lo mundano. La orquesta la presentó con gran soltura, y fue especialmente destacado el esfuerzo del timbalero Parker Lee, figura central en esta partitura.
La Sinfonía n.º 1 “Jeremiah” de Leonard Bernstein fue una de las piezas más esperadas del programa. El primer movimiento, Prophecy, transitó con naturalidad de la introspección a la voluptuosidad, con evidentes rasgos cinematográficos, puro Hollywood. No obstante, la interpretación vocal de Angel Blue dejó sensaciones encontradas. Su voz, aunque poderosa, no se sintió del todo adecuada para esta partitura, y en algunos momentos pareció forzada, con sonidos poco naturales, especialmente en los registros medios. A pesar de ello, Nézet-Séguin logró infusionar la voz con la orquesta, llevándola a florecer progresivamente. Aun así, la soprano pareció incómoda en la parte, sin lograr plena armonía con el conjunto.

Más redonda fue la ejecución de la Suite de Fire Shut Up in My Bones, de Terence Blanchard. La partitura, estrenada en Nueva York en este concierto, aprovecha los pasajes más emocionantes de la ópera para construir una suite sólida y coherente, que fue muy bien presentada por la orquesta. El conjunto demostró soltura en los pasajes íntimos y seguridad en los más expansivos, logrando hacer justicia a una obra que, sin voces ni escena, retuvo toda su carga expresiva y emocional.
El colofón de la noche llegó con la Sinfonía n.º 9 “Del Nuevo Mundo” de Antonín Dvořák, obra conocida y querida por el público, pero que nunca antes había sido interpretada en Nueva York por la Orquesta del Met. Aquí, Nézet-Séguin se mostró inspirado, dominando con solvencia a la orquesta, cuyos músicos parecieron disfrutar plenamente de su cometido. Los tempi fueron cuidados pero cargados de tensión y significado, alcanzando lo vertiginoso en ciertos pasajes y replegándose en melismas suaves, recogidos con gracia, sin perder esa sensación de infalibilidad que transmiten las grandes orquestas.
En el Largo, el director se mostró discreto y cuidadoso, permitiendo que la melodía tomara vuelo sin encorsetarse en su gestualidad. En el Molto vivace, con un tempo excelente, la orquesta estuvo “enchufada”, con violines afiladísimos, ofreciendo una versión convencional en estilo pero limpia, ordenada y expresiva. El Allegro con fuoco, aunque quizás menos inspirado en su presentación, fue desarrollado con una precisión apabullante, y el Finale fue brillante y sobrecogedor, dejando la última nota en suspenso, clavada en la memoria del público.
Ambos conciertos mostraron facetas complementarias de una misma realidad: la de una orquesta operística que, bajo la dirección de Nézet-Séguin, encuentra en la sala de conciertos un terreno fértil en el que ofrecer sus mejores frutos. Entre la expresividad lírica de Strauss, la nocturnidad mexicana de Ortiz, el dramatismo de Bernstein y el clasicismo romántico de Dvořák, la Orquesta del Met demostró que puede sonar tan variada como profunda. Y que, más allá del foso, también sabe emocionar.
Carnegie Hall, a 12 y 18 de junio de 2025. Yannick Nézet-Séguin, director de orquesta. Angel Blue, soprano. Elsa van den Heever.
Obras de Richard Strauss, Gabriela Ortiz, Leonard Bernstein, Terrence Blanchard, Antonín Dvořák.













