Così fan tutte en el Met. La isla de las tentaciones llega a NY

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Così fan tutte en el Met
Così fan tutte en el Met

No es una isla en el Caribe, sino la neoyorquina Coney Island, con sus enormes gaviotas y las atracciones del Luna Park como telón de fondo. No son milenials en celo poniendo a prueba su precaria relación, sino Fiordiligi y Dorabella, Guglielmo y Ferrando. No es telebasura, es Mozart.

La Metropolitan Opera de Nueva York incide en esta producción que estrenara en 2018, dirigida por Phelim McDermott, aclamado esta temporada por su creación del Akhnaten de Philip Glass. Harry Bicket sigue en el foso, al mando de un elenco muy solvente de solistas. Nicole Car y Luca Pisaroni son Fiordiligi y Guglielmo, mientras que Serena Malfi y Ben Bliss encarnan a Dorabella y Ferrando. Heidi Stober es Despina y el veterano Gerald Finley, Don Alfonso.

De la infinidad de trasposiciones espacio-temporales que Così fan tutte ha sufrido hasta hoy, esta producción de Coney Island como la isla de las tentaciones no es la peor de ellas, ni mucho menos. En ocasiones es difícil parear los compases clásicos de Mozart con el ambiente eminentemente nocturno y decadente planteado por McDermott. Sin embargo, la poesía del circo, con su infinidad de equívocos ambigüedades, y la pueril jovialidad del parque de diversiones contribuyen a la confusión amorosa de las protagonistas. Las dos amigas se ven arrasadas por un torbellino (también musical) que las lleva al desastre, a la traición, al placer y finalmente, al perdón.

La maquinaria escénica del Met funciona, como siempre, a la perfección. Los ramalazos propios de los vecinos musicales de Broadway son ya una seña de identidad de la ópera del Lincoln Center. Por suerte esta vez no se ha recurrido a la megafonía como (triste) apoyo del canto. Gracias a ello, las voces de nuestros solistas se pudieron paladear sin intermediarios.

Pero el canto ha dejado de ser lo primordial en el Met. Atrás, muy atrás, quedaron los días en los que el cartón-piedra abrigaba con su histórica solera magistrales lecciones de canto. Hoy el Met es una pasarela de jóvenes cantantes y estrellas consagradas que pasean su fama ante un público cada vez menos remilgado.

No se me malinterprete, no se canta tan mal en el Met, pero tampoco se canta bien siempre. Y, ante todo, parece evidente que en Nueva York el foco del acontecimiento operístico se va desplazando sin remedio hacia lo visual, dejando a un lado la espectacularidad del canto. Es el signo de los tiempos. Es el paradigma de mi generación. Los cantantes corren pocos riesgos, suenan todos igual, como recién salidos del molde del canto moderno: ejecutado entorno a agudos abiertos, un centro cálido y notas bajas inaudibles.

Così fan tutte en el Met

Hay que nombrar en primer lugar la sobresaliente actuación de la soprano Heidi Stober. De suave y bello timbre, con un canto soberbio y siempre bien dibujado, superó en prestaciones vocales y actorales al incombustible Gerald Finley. Ambos se erigieron como pieza clave del éxito de la velada, por su musicalidad y versatilidad de registros; intrigante él, transparente ella.

La soprano Nicole Car dio buena cuenta de su timbre oscuro y mate, y de su anchura vocal. Dotes desusadas en Fordiligi, que le dieron un interés inesperado al personaje.  El arte canoro de la australiana es poco imaginativo, aunque meritorio por su ortodoxo desarrollo técnico, y una zona baja muy bien trabajada.

La mezzo italiana Serena Malfi firmó una Dorabella rutinaria, con los destellos habituales de calidad vocal. La Malfi no falla nunca, y su aparición en cualquier reparto es sinónimo de estabilidad, equilibrio y aburrimiento.

También resultó triunfador el barítono Luca Pisaroni con su Guglielmo. El ítalo-venezolano supo meterse el Met en el bolsillo cargando las tintas en lo actoral, en una interpretación inapelable del travieso personaje. El canto, pese a las facultades del cantante, no fue tan convincente, si bien los neoyorquinos disfrutaron sin sobresaltos de su voz oscura y bien dotada.

Ben Bliss repite en el Met como Ferrando, con el mismo resultado que hace un año. Emotivo y cerebral a un tiempo, el canto de Bliss conjuga un elegante fraseo con una línea esforzada. Los agudos suelen ser tirantes, cuando no afalsetados. Siempre en estilo, Bliss es el paradigma de la crisis de tenores que aqueja al Met.

Harry Bicket dobla este mes en el foso del Met, junto a la Agrippina de DiDonato. El resultado está a la altura del teatro, con tempi muy inteligentes y un pulso que consigue mantener la tensión incluso en el alongado final de Mozart.

El Cosi fan tutte de Mozart en Coney Island. Como siempre, un gran espectáculo en el Met, diseñado más para la vista que para el oído.

Carlos Javier López