Crítica de «Das Rheingold», en Munich

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Nationaltheater de Munich. 10 Julio 2012.

 

Un año más llega el momento de venir a Munich en el mes de Julio para disfrutar con una de las mejores ofertas operísticas del mundo. Muchas veces he dicho que el festival de Munich no tiene el glamour de Salzburgo ni la mística de Bayreuth, pero, generalmente, supera en calidad  a lo que ofrecen las mencionadas localidades. Son ya muchos los años que llevo asistiendo al Festival y nunca he salido decepcionado – lo que no podría decir de los glamurosos o místicos – , por lo que siempre espero con ilusión mi estancia en Munich. Me permito recomendarlo a todos mis amigos en la seguridad de que volverán una y otra vez.

 

Este año el Festival cuenta con la representación de dos ciclos completos del Anillo del Nibelungo, al haber llegado a su fin durante la presente temporada la nueva producción de Munich. Y es justamente con el prólogo de la tetralogía – El Oro del Rhin – con el que comienzo mi andadura este año. Todo es mejorable en este mundo, pero el resultado global del inicio del anillo wagneriano ha sido ilusionante.

La entrada en el Walhala. Escena.

Se trata de una nueva producción de Andreas Kriegenburg, que se estrenó en el mes de Febrero de este año y que tiene como mérito importante el de haber evitado la tentación de caer en provocaciones “modernistas”. Por el contrario, narra muy bien la historia, aunque no todo sea excepcional.

 

La producción de Kriegenbur me ha recordado a los trabajos de La Fura dels Baus. No al que hicieron con esta ópera en Valencia, sino a muchos otros, en los que hacen uso de un numeroso grupo de “fureros”, que tanto sirven de figurantes, como de bailarines e incluso de elementos de atrezzo. Al entrar en la sala, vemos el escenario  ocupado por un centenar aproximado de jóvenes de ambos sexos, vestidos con ropas blancas, entre los que se ven también a tres personajes de verde, que no pueden ser sino las Hijas del Rhin. Poco antes de que el maestro ataque el famoso preludio con el acorde en MI bemol mayor, se escuchan por megafonía sonidos de agua, levantándose los figurantes, que se despojan de sus vestidos para quedar en ropa interior – color carne -, y se pintan sus cuerpos de azul, para convertirse en el río, en el que aparecen las Hijas del Rhin y Alberich. Estos figurantes siguen formando parte de la escena en diversos momentos, particularmente en la aparición de Erda y en la entrada en el Walhala. La escenografía (Harald B.Thor) es muy simple, apenas unas paredes de madera y un techo, lo que facilita la proyección de las voces. El vestuario (Andrea Schraad) es un tanto intemporal, con los dioses siempre con pelucas rubias-platino. Buena también la labor de iluminación de Stefan Bolliger.

El Rhin. Escena

 

La dirección escénica de Andreas Kriegenburg destaca en los movimientos de figurantes, resolviendo de manera imaginativa las transformaciones de Alberich, así como la aparición de Erda, indudablemente salida del centro de la tierra. Menos convincente es la personificación de los gigantes, mientras que de los momentos más conseguidos de la producción hay que señalar el apilamiento del oro. Menos convincente resulta la entrada de los dioses en el Walhala, muy poco espectacular. Kriegenburg ofrece una visión interesante de Wotan, que aparece como débil y derrotado a partir de la aparición de Erda, resultando también interesante la relación entre Donner y Froh, por un lado, y el propio Wotan, por otro. Muy buena la personificación de Loge, auténtico protagonista de la ópera.  En conjunto, es una producción interesante, que abre la puerta a la esperanza para las tres jornadas que nos quedan.

Los gigantes se hacen con el Oro del Rhin

El americano Kent Nagano lleva ya 5 años al frente de la dirección musical de la ópera de Munich y la verdad es que su figura ha ido ganando con el transcurso de los años. Le tocó la nada fácil tarea de sustituir a un director tan brillante como Zubin Mehta. Parece que no va continuar, ya que  Kirill Petrenko le sustituirá a partir de la temporada 2013-2014. Kent Nagano ha sacado un gran partido de la magnífica Bayrerisches Staatsorchester, cuya actuación fue magnífica de principio a fin. Da gusto escuchar ópera en este teatro. En cuanto a la lectura de Nagano, tengo algunos reparos dentro de un trabajo notable. Hubo momentos en las escenas de los dioses y del Nibelheim en que se echó en falta una dirección más enérgica, mejorando las cosas en las dos últimas escenas, aunque quizá la aparición de Erda pudo quedar corta de misterio. Insisto en que uno no viene a Munich para ver cualquier cosa y de ahí mi relativa decepción con la actuación de Kent Nagano.

 

El barítono danés Johan Reuter fue un Wotan lírico, de voz agradable y bien manejada, al que le falta autoridad y peso vocal para hacer frente al personaje, En un teatro grande moderno habría tenido serios problemas. Ya había tenido oportunidad de verle en ocasiones anteriores y no es una sorpresa su insuficiencia en Wotan. Muchos de mis lectores podrán recordar su actuación en el Teatro Real como Holandés y las cosas no han cambiado. Un buen cantante, pero Wotan necesita más que eso.

 

Irreprochable desde todos los puntos de vista el Alberich de Wolfgang Koch. Este barítono tiene una voz muy adecuada al malvado personaje de Alberich, como la tiene también para el Telramund con el que nos deleitó hace un par de años aquí mismo. Muchos también podrán recordar su Jochanaam en el Teatro Real en la Salomé de Nina Stemme.

Johan Reuter y Sophie Koch. Al fondo, Stefan Margita

El otro gran intérprete de la noche fue el tenor eslovaco Stefan Margita, que hizo una magnífica interpretación de la parte de Loge. Fue un semidiós divertido y escurridizo de principio a fin, del que Kriegenburg sacó un gran partido en escena, comenzando por su traje rojo. Loge no necesita un tenor heroico y la voz de Margita va muy bien a  este personaje tan sinuoso. Aunque algunos amigos míos se puedan contrariar, les diré que su voz me recuerda muchísimo a  la de Klaus Florian Vogt. Cerrando los ojos, me parecía escuchar a este último.

 

La francesa Sophie Koch estuvo bien en la parte de Fricka, pero sin mayor relieve vocal. Resulta algo ligera y tampoco su interpretación fue muy brillante.

 

Los gigantes me parecieron excesivamente ligeros, al menos para lo que yo espero de ellos. Thorsten Grümbel  fue un Fasolt excesivamente abaritonado, mientras que Phillip Ens fue un Fafner  poco contundente y apretado por arriba.

 

Catherine Wyn-Rogers fue una Erda sin importancia, a la que le falta peso vocal y graves para dar auténtico sentido al personaje. Sonoro e interesante el Donner de Levente Molnar. Buena impresión por parte de Thomas Blondelle como Froh, algo ligero, pero cantando con gusto. El tenor de carácter Ulrich Ress  es una auténtica institución en Munich y su Mime sonó francamente bien. Aga Mikolaj fue una Freia, que se limitó a lamentarse, como tantas otras.

Las Hijas del Rhin

Capitulo aparte merecen las tres Hijas del Rhin, que fueron un auténtico lujo y deleite vocal. Eran la soprano japonesa Eri Nakamura (Woglinde), de voz preciosa y muy bien proyectada, la mezzo soprano Angela Brower (Wellgunde), equiparable a su colega anterior, y, finalmente, Okka Von der Damerau (Flosshilde), con voz importante, menos su figura.

 

El teatro ofrecía un lleno total con presencia de “Suche Karten” en el exterior. Me temo que en Walküre y Götterdämmerung su número se multiplicará. El público recibió con calor a los artistas, siendo las mayores ovaciones para Stefan Margita, Wolfgang Koch y las Hijas del Rhin, en este orden. Kent Nagano y la orquesta fueron muy aplaudidos.

 

La representación comenzó con 4 minutos de retraso, lo que suele ser habitual en Munich y más justificado en una ópera que no tiene intermedio. La duración total fue de 2 horas y 40 minutos, lo que deja la versión musical en 2 horas y 36 minutos. Los aplausos finales se prolongaron durante 8 minutos.

 

La entrada más cara costaba 163 euros, habiendo también localidades en el patio de butacas por 142 y  117 euros. En los pisos superiores los precios descendían a cifras entre 39 y 91 euros, habiendo localidades con visión reducida por 15 euros.

José M. IRURZUN