Curro Carreres: «El valor del riesgo». Santiago de Chile

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Muchos de los asistentes –entre los cuales se encontraba  Lucia, la hija del extinto dictador Augusto Pinochet-  se vieron enfrentados a sus propios demonios, a su pasado. El regisseur  Curro Carreres corrió el riesgo de mostrarnos a un Verdi vivo y político.

 

Ayer cuando eran las 19:00 horas en Santiago Se entrenaba Attila. Con la concurrencia de numerosas “personalidades” del quehacer y del deshacer nacional, entre los cuales se encontraba la hija del   extinto dictador Augusto Pinochet, se abría paso una puesta en escena que tensionaba significativamente a los asistentes.

Cómo no tensionarlos si ese Patriotismo verdiano es colocado en entredicho al ver imágenes proyectadas de la guerra, soldados vestidos a la usanza decimonónica, es este tipo de contrapuntos y sutilezas las  que  resultan muy valorables sobre todo cuando muchos de nuestros generales independentistas vestían ese tipo de uniformes; es esto lo que de manera seria y poco pretensiosa (lo cual se agradece) es lo que el regisseur Curro Carreres nos ofrece.

Es precisamente esa tensión la que nos debe entregar una obra de arte, pues es el arte y no otra cosa el fenómeno que es capaz de devolvernos la mirada, eso que uno de los filósofos de la llamada escuela de Frankfurt,  Walter Benjamin llamaba “el aura”. Es esa devolución de la mirada la capaz de generar una instancia de reflexión, pues la obra se completa en la  recepción pública, es un fenómeno que tiene sentido por otros y para otros, por tanto ¿qué sentido tiene asistir a una puesta en obra estática, lineal que nos deje con ese vacuo placer burgués el cual Baudelaire tanto despreciaba? Me aventuro en un respuesta y me excusarán los lectores, pero debo decir que ninguna, por el contrario; una obra resuena como metal vacío cuando no es capaz de transformarnos y la puesta en escena de Attila funciona absolutamente en el sentido contrario pues dio que pensar, pensar en nuestros símbolos, pensar en nuestro pasado lleno de pequeños terócratas y verdugos de palacio.

Notable es también el riesgo que juega  Carreres, al simbolizar la consciencia atormentada de Attila al presentarnos figuras humanas atrapadas en tubos girantes blancos al fondo del escenario, era como si nosotros –los asistentes- nos encontráramos en esa vieja caverna platónica en donde solo vemos sombras pero que con un trabajo hermenéutico debemos correr el velo y encontrar un significado y reinterpretarlo.

Celebro la actitud desafiante de Carreres, quien nos entrega un trabajo honesto y que a pesar que unos cuantas “brujas de uniforme” –al decir del Macbeth de Shakespeare- abucharan, tuvo la valentía de correr peligro cosa que muchos de nuestros artistas congraciados con el poder no quieren hacer, es así como recuerdo el viejo verso de Hölderlin que dice  “donde crece el peligro, crece también lo que salva”.

Estimo que esta puesta en obra de Attila nos salva del hastío de lo cotidiano, de la acriticidad chilena y  mueve ese rubicón que rodea al escenario más importante de nuestro país y lo hace más justo y reflexivo, es por ello que me aventuro en decir que detrás del escenario hay un conjunto de artistas que subvierten el valor de lo operático y eso si no es valorado, quiere decir que aún en Chile vemos el arte como una pieza de museo y no como algo vivo y capaz de ser reinterpretado.

 

Germán Freire