El elixir de «Adina» en Oviedo

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El elixir de "Adina" en Oviedo
El elixir de «Adina» en Oviedo. Foto: Iván Martínez – Ópera de Oviedo

El tercer título de la Temporada de la Ópera de Oviedo se estrenó el pasado domingo con una gran aceptación por parte del Teatro Campoamor, que premió en especial a su pareja protagonista, Beatriz Díaz y José Bros, y la dirección musical de Óliver Díaz, debutante en el ciclo operístico asturiano, al frente de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias.

Poner en escena un título buffo requiere siempre una precisión milimétrica en lo escénico, y una complicidad con el público que, en el caso de la propuesta de Joan Anton Rechi, tardo en cuajar en el Teatro Campoamor. Rechi dispone un salón de bodas en el que, con el pretexto del enlace de una embarazadísima Giannetta, se desarrolla el embrollo. El problema es que ciertos running gags, como el de las contracciones de la novia, interrumpen el discurso y no obtienen la respuesta esperada entre los espectadores. La escenografía de Alfons Flores, cuyo principal atractivo era un techo móvil cubierto por centenares de copas de vino y espejos que otorgaban profundidad, se quedó en nada más funcional durante la primera parte, también por la paleta en blanco y negro que dominaba el escenario. Si embargo, tras el descanso, con la llegada del color al vestuario de Sebastian Ellrich, incluso la disposición del público cambió, y todo fluyó con mucha más naturalidad.

La pareja protagonista, Beatriz Díaz (Adina) y José Bros (Nemorino) ayudaron a ello por su evidente química en escena. Además, vocalmente ofrecieron unas actuaciones de gran nivel. Bros es Bros —perdón por el aforismo— y no vamos a descubrir ahora ni su evidente capacidad técnica ni su característico fraseo, pero sí cabe destacar una afinación muy ajustada, especialmente en la cadencia de la “furtiva lágrima”, aria por demás ovacionada hasta casi arrancar un bis, como cabe esperar del gran hit de la ópera. Afinación, pero también empaste en el tenor catalán, muy apreciable y necesario en este título por los abundantes conjuntos, y sobre todo por las ya referidas intervenciones junto a Adina.

Beatriz Díaz, que celebraba quince años de carrera subiéndose a ‘su’ teatro, se presentó con una Adina muy rica en matices. Con pleno dominio de la mesa di voce, además de un contundente agudo y una agilidad que huye de la estridencia en favor de la precisión, sin descuidar un color vocal muy bello, se reveló como una cantante en plenitud, con un apabullante dominio técnico y también escénico.

El elixir de "Adina" en Oviedo. Foto: Iván Martínez – Ópera de Oviedo
El elixir de «Adina» en Oviedo. Foto: Iván Martínez – Ópera de Oviedo

El Dulcamara de Alessandro Corbelli destacó más por su faceta buffa (esa capacidad escénica, esa habilidad para el trabalenguas) que canora. Corbelli, curtido en mil batallas, domina el personaje, pero su voz limita en ciertos momentos su trabajo. El problema fue especialmente evidente en su “Udite”, presentación en la que, pese a los esfuerzos de Óliver Díaz, se quedó algo plana y lenta. Sin embargo, pudo resarcirse en sus dúos (cómico con Nemorino y lírico con Adina) para acabar dejando un agradable sabor de boca.

El Belcore de Edward Parks fue contundente en su actuación escénica, realmente divertido, y con un color vocal cálido y redondo, que sin embargo en el agudo dejaba entrever algo de aire y que necesitaría algo más de precisión en las agilidades. Marta Ubieta fue una Giannetta omnipresente sobre el escenario (su boda es la idea central que sustenta la escena) y vocalmente cumplió, destacando especialmente su intervención junto al coro femenino en el “Saria possibile?”. Del coro de la ópera de Oviedo, habitual garantía de empaste y contundencia, destacar sobre todo a las voces femeninas en este fragmento junto a Giannetta, demostrando además maleabilidad para ajustarse a unas dinámicas propuestas por Díaz en el foso que convertían al número en una delicada pieza de engranaje preciso.

Es precisamente la lectura de Óliver Díaz de la archiconocida partitura la que benefició al conjunto. Explorando sin complejos la ligereza bufa y deteniéndose sin prisas para explorar timbres y melodías en las partes más líricas, consigue múltiples contrastes y un dinamismo que mantiene la atención en todo momento, aún pese a escuchar una de las óperas más y mejor escuchadas por cualquier aficionado.

Alejandro G. Villalibre