La Bohème. Puccini. Met. Nueva York. Opera World

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(30/01/14)

“La Bohème” bien podría asemejarse a un prisma con muchas caras. La de los contrastes de las despedidas que se suceden simultáneamente en el tercer acto entre los románticos Mimí y Rodolfo y los impetuosos Musetta y Marcelo. La de la fuerza del amor al coger una mano en la oscuridad de una buhardilla. La de las escenas corales que se desvanecen al final de cada acto y dejan ver con claridad el entramado de la bella historia de Rodolfo y Mimí.

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En esta producción del Metropolitan, la cara más brillante de ese prisma fue precisamente ésta última, la de las escenas corales. Los cuatro bohemios acometen con acierto el reparto coral mencionado en las escenas de la buhardilla del primer y cuarto actos y se convirtieron en los protagonistas de la noche. Liderados por Joseph Calleja (Rodolfo), el tenor maltés posee esa voz que recuerda mucho a los tenores de la primera mitad del siglo XX. Con una pasmosa musicalidad en sus frases, siempre bien estructuradas, con el carácter justo para afrontarlas. Es destacable su capacidad para afrontar los agudos; nos sorprende con un control absoluto de la dinámica en este registro en algunos pasajes del “Dunque è proprio finita” y nos brinda con la potencia requerida, como el desesperado “Sempre, sempre” en su reencuentro final con Mimí. Todo ello sin mostrar el ímpetu y excesivo ataque del que puede pecar este rol protagonista. Calleja canta como si de acariciar la melodía se tratara, aunque los torrentes orquestales característicos de Puccini arrecien por detrás. Sobresaliente.

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Maija Kovalevska, reencarnada en su amada Mimí, posee un bello timbre de voz, con buena presencia en el registro medio y grave. Redondea bien las frases en el registro agudo, pero se queda baja en los agudos críticos de la obra (final del primer acto). Su intervención clave se produce al final de la ópera; es ahí donde demuestra más aplomo y delicadeza en el canto. En las notas mantenidas de “Qui..amor…sempre con te! Le mani…al caldo…e…dormire”, desprende majestuosamente las notas mantenidas, en forma de perlas que anuncian su final.
 

Paradójicamente, el tándem con mejor conexión en el escenario no lo encontramos en el Mimí-Rodolfo. Kovalevska no consigue con Calleja la misma solidez que, por ejemplo, la

célebre pareja Pavarotti-Niska, que pisara hace cuarenta años estas mismas tablas. Esta solidez y compenetración vocal la encontramos entre Calleja y Markov (Marcello), con una voz muy clara, expresiva y precisa, que se mueve con fluidez en el registro más agudo de un barítono.

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Joshua Hopkins (Schaunard) y el neoyorquino Christian Van Horn (Colline) completaron un cuarteto masculino muy convincente. Atentos a este último; su timbre de voz bien vale un rol de peso en las grandes óperas mozartianas. De momento, nos dejó para la memoria un “Bella Cimarra” con los ingredientes necesarios: solemnidad y sencillez en el canto. Recibió por ello una merecida ovación por parte del público.

A la Musetta de Irina Lungu le faltó un poco de la chispa y alegría superficial que debiera caracterizar a este personaje. Su “Madonna Benedetta” del último acto nos lleva al buen recuerdo que tenemos de ella en su reciente actuación en la Gilda de “Rigoletto” del Metropolitan Opera, junto a Hvorostovsky.

De la puesta en escena del icónico Franco Zeffirelli destaca su visión del Barrio Latino de París en el segundo acto. Zeffirelli es un experto de la perspectiva y eleva a su máximo exponente el carácter coral y álgido de las escenas de las óperas italianas, como lo demuestran también sus trabajos en “La Traviata” y “Turandot”: busquen, busquen.

Stefano Ranzani volverá a dirigir esta producción de “La Bohème” a mediados de marzo, con nuevo elenco: Vittorio Grigolo, Anita Hartig y Massimo Cavalleti, entre otros. Una pena despedir, por tanto, al protagonista de la noche: Joseph Calleja. Con permiso de Puccini.

Isabel Negrín López