Sobre el balcón del infinito: Einstein on the Beach en el festival Musica de Estrasburgo

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Einstein on the Beach. Maxime Fauconnier

Un magnífico Einstein on the Beach sin escenografía, plato fuerte del festival Musica de Estrasburgo.

Hay experiencias musicales que tienen algo de religioso, porque pueden hacer de su primera escucha toda una revelación mística que te convierta en adepto o una amenaza a unos valores ya asentados que te haga salir corriendo de la sala. Einstein on the Beach, la ópera de Philip Glass, es una de estas experiencias. Ópera minimalista, su ausencia de narrativa y sus casi cinco horas de duración convierten su escucha en todo un tour de force. El resultado de la representación que tuvo lugar el viernes en el festival de música contemporánea Musica de Estrasburgo fue el esperado. A partir de la primera decena de minutos de espectáculo, un flujo continuo de gente fue abandonando la sala, no sabemos si sorprendidos o asustados por la que seguramente sea una de las obras más fieles a las gamas occidentales clásicas que pueda encontrarse en un festival de estas características. Pero también hubo una inmensa ovación final de los que se quedaron, que fueron muchos. Los antiguos y nuevos adeptos.

Cierto es que a la dificultad de escucha de esta obra se sumó la naturaleza de esta producción, en la que no sólo no se llevó a cabo la puesta en escena ideada por Bob Wilson sino que la música se presentó desnuda, sin coreografías de baile ni actuaciones, en la misma versión de tres horas y media que salió en CD en 1993. Ni siquiera había una elección de vestuario para los músicos del Ictus Ensemble o para los cantantes del Collegium Vocale Gent. El único trazo de vestuario era el sombrero negro de la fantástica narradora, Suzanne Vega, probablemente elegido por ella misma. Lo que en definitiva demuestra esta producción, que también se representó en el Palau de la Música de Barcelona el 27 de mayo, es que la música de Philip Glass se basta por sí misma. Vemos que la fuerza de Einstein on the Beach reside sobre todo en ella, aunque nos alejemos de la idea de obra de arte total que persiguieron Glass y Wilson, el Gesamtkunstwerk wagneriano.

Cuando el espectáculo se presentó por primera vez en el festival de Avignon de 1976, hubo toda una revolución en el mundo de la música clásica contemporánea. Alejándose de las tendencias entonces en boga, Glass proponía una vuelta a las gamas reconocibles, demostrando que podía hacerse una experimentación radical con un número mínimo de elementos también en un formato de larga duración como la ópera. En la música minimalista de Einstein on the beach encontramos que sólo unos pocos acordes bastan para crear una compleja red de motivos que se repiten y entremezclan con pequeñísimas variaciones, sobre todo rítmicas. Las frases comienzan así con las notas dentro del pulso principal del compás y se van desplazando de él en las sucesivas repeticiones. Los momentos más fantásticos son aquellos en los que la última nota de una frase parece retardarse y alargarse, dejándose caer perezosamente como un resto de melaza para luego volver al pulso, o incluso antecederlo, en la frase siguiente, que suele ser igual en términos melódicos. La diferencia entre la previsión mental de cómo esperamos que se construya la frase y cómo se ejecuta realmente provoca en aquellos que quieran y sepan escuchar un encogimiento, un impulso eléctrico, que es difícil de encontrar en las omnipresentes músicas más caladas a un ritmo estable y regular. Es difícil escribir sobre sensaciones de este tipo, pero sabrá de lo que hablo quien haya notado ese encogimiento con las síncopas y el swing del jazz moderno, o con la imprevisibilidad musical de artistas como Frank Zappa o The Residents.

Einstein on the Beach. Maxime Fauconnier
Einstein on the Beach. Maxime Fauconnier

Es curioso cómo una música tan racional y meditada puede llevarnos a esa sensación incluso cuando la analizamos intelectualmente mientras la escuchamos. Lo que en el jazz es fruto de la pasión de la improvisación aquí viene dado por la frialdad de los cálculos matemáticos, aunque elegidos de forma cuidadosa para que el resultado sea similar. La repetición continua de los motivos juega también un papel fundamental, como en un mantra. La idea de infinitud musical que crea la repetición se refuerza en esta producción, en la que la obra comenzó a interpretarse cuando aún los espectadores estaban ocupando sus localidades y las luces no se habían apagado. De hecho, las luces de la sala se encendían en ocasiones, como invitando a la gente a salir y a entrar cuando quisiesen. Invitación que muchos aceptaron, aunque mucho me temo que para no volver. Esta idea de sala abierta está en consonancia con la concepción original de Glass y Wilson, que pensaron un espectáculo intermitente a decisión del público. Sin embargo, la configuración de la sala Erasme del Palais de la musique et des congrès de Estrasburgo no invitaba a ello, ni por la necesidad de hacer levantarse a los compañeros de fila para salir ni por lo abutacado de los asientos, que motivó más de una siesta.

Puede que cuando hablamos de música minimalista, el lector que no conoce en qué consiste piense que la presencia de pocos elementos musicales se traduce en una música llena de silencios. Algo así como el minimalismo de Carl André, en el que priman los espacios vacíos. Pero resulta que el minimalismo musical de Glass está lleno de notas, aunque estas se tomen de una paleta limitada. No hay apenas silencios, el tiempo está lleno de sonidos al igual que el espacio está lleno de colores en las pinturas de Frank Stella, otro minimalista. Hay momentos de Einstein on the Beach en los que el ambiente se satura de notas hasta lo indecible, maravillosamente bien imbricadas gracias a la maestría compositiva de Glass.

Tanto el grupo Ictus como el Collegium Vocale Gent, ambos belgas, fueron capaces de mantener esta imbricación de forma fluida a pesar del esfuerzo que supone estar tres horas y media ejecutando una pieza. La experiencia del Collegium Vocale Gent en la interpretación de música barroca, para la que introdujeron una nueva forma de cantar tras su fundación en 1970, ha debido ayudar a la ejecución del complejo entramado de voces de Einstein on the Beach. Voces cuyo contenido cuenta también con muy pocos elementos: los números en inglés y los nombres de las notas musicales. Suzanne Vega sorprendió en la magnífica declamación de los fragmentos narrados que se superponen a la música, demostrando que, si su carrera no la hubiese llevado a encabezar las listas de éxitos en los 80 con sus canciones folk rock, podría haber tenido una excelente trayectoria como locutora de radio. Ha sido muy acertada la decisión en esta producción de elevar el volumen de su voz algo más que en las versiones en CD de la obra. Qué dicción tan clara y qué forma de arrastrar las palabras o precipitarlas, según la música lo requiera. No por nada ya contó el propio Philip Glass con ella para el disco Songs from Liquid Days, donde líquido es una clara referencia a las teorías de Zygmunt Bauman pero que también podría constituir un buen adjetivo para ese arrastre de notas que puebla la ópera que aquí nos ocupa. Notas líquidas para tiempos líquidos.

Einstein on the Beach acaba con la única narración coherente de la obra, sobre dos melosos enamorados declarándose amor infinito en el banco de un parque. Los “je t’aime pathétiques” de Brassens, que resultan ser “le meilleur morceau de leur amour”. Todo el sinsentido de la obra acaba ahí, en una narración coherente sobre voces y fondo de violín que evoca una escena que todos concebimos como cliché pero que en el fondo sabemos transcendental, una puerta de acceso al infinito, a lo metafísico, a la grande bellezza. Este lugar común, este momento de éxtasis, edulcorado por su verbalización, cierra el universo de esta experiencia única en una última nota que deja sin aliento. Glass ha conseguido otro adepto.

Julio Navarro