El desdoblamiento febril de Der Fliegende Holländer en el Liceu

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®Antoni Bofill.
®Antoni Bofill.

No hay espectros de ultramar sino la marejada de una idea, la leyenda del holandés errante,  que arrastra a Senta desde niña más y más lejos de la realidad. Este Der Fliegende Holländer en el Liceu  despoja de ficción romántica la misión amorosa de  Senta y la lleva al realismo de una fijación que provoca la progresiva y enfermiza enajenación respecto de su entorno y sus relaciones. La dirección de Philipp Stölzl nos propone así una resignificación completa de la ópera de Wagner en torno a la hija del Capitán Daland, recluida (¿internada?) en su omnipresente mansión familiar, entre el momento en el que empieza a alimentar sus obsesiones durante la obertura y el momento en que sus obsesiones empiezan a alimentarse de ella hasta desechar su cuerpo adulto como una carcasa vacía de su propia vida. El planteamiento da un vuelco pero no adultera el libreto de Wagner, puesto que presenciamos, en definitiva, su transformación paulatina en un fantasma, una transformación que aquí resulta aterradora por sí misma y no tanto por su resultado final.

En lo musical es justo decir que colabora en la formación de un espectáculo coherente pero quizá no supone un acicate suficiente como para constituir un centro de atención por sí mismo, salvo excepciones como el veterano wagneriano en el papel del holandés Albert Dohmen. La maestra ucraniana Oksana Liniv  atrapa en ciertos segmentos de la partitura y mantiene en general la línea de flotación de la orquesta. Un expansivo y potente Daland de Attila Jund y una impetuosa Senta de Elena Popovskaya achican personajes como el Erik de Timothy Richards. Mikeldi Atxalandabaso retrata un apacible timonel e Itxaro Mentxaka una gran Mary, la nodriza de Senta al mando del servicio de la casa que aloja el único acto de esta ópera.

El holandés errante
®Antoni Bofill, Staatsoper-Berlin.

En efecto, la historia se desarrolla en el gran salón-biblioteca de la mansión del capitán Daland, un espacio protagonizado por un  inmenso cuadro de la rompiente de un mar tempestuoso. Stölzl y el escenógrafo Conrad Moritz Reinhardt han concebido este lienzo como un ilustrativo telón de fondo, un telón que, literalmente, se sube para abrir una segunda caja escénica donde se aloja el embaucador mundo del Holandés, enmarcado así como una hermosa serie de tableaux vivants  que invaden la escena principal como ensoñaciones de la propia Senta.

Resulta natural en este contexto que la acción de la protagonista se desdoble en dos imágenes sincronizadas, mujer en primer plano y niña en segundo, de manera que, por ejemplo, cuando su padre le presenta al avejentado ricachón que será su marido, su reflejo infantil del segundo plano aprecia frente a sí al holandés durante un dúo donde el nexo entre ambos mundos es el empaste de las voces. Así, la romántica redención a través del amor entre el condenado holandés y la pertinaz Senta que centra el libreto original es bajo la óptica del director una fantasmagoría febril y autodestructiva que toma irremediablemente posesión del personaje y del espectador.

Félix de la Fuente