La Richard Tucker Foundation reúne a sus estrellas entorno a Lisette Oropesa en una gala inolvidable

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Imagen de la gala de la Richard Tucker Foundation. Foto: Dario Acosta

Lisette Oropesa, Jamie Barton, Angel Blue, Stephen Costello, Michael Fabiano, Ermonela Jaho, Lucas Meachem, Ailyn Pérez, Artur Rucinski y Christian van Horn. Un año más, la Fundación Richard Tucker Music presenta su Richard Tucker Gala, esta vez con Lisette Oropesa como flamante ganadora del premio anual de la Fundación. Hay mucho que relatar de una tarde llena de grandes momentos. 

El maestro James Gaffigan fue el encargado de darle a la manivela de este carrusel de enormes cantantes que se desarrolló durante casi tres horas sin interrupción, y que contó con la participación de la New York Choral Society y los músicos de la Metropolitan Opera.

La lluvia otoñal del pasado domingo alejó a algunos espectadores, que dejaron vacantes unas butacas que llevaban agotadas desde hace días. 

Tras la obertura de las Vísperas Sicilianas de Verdi, Oropesa abrió el recital con el aria de entrada de Amenaide del Tancredi rossiniano, con una voz que corría con agilidad juvenil, brillo y calidez arriba. Del mismo compositor, Lucas Meachem interpretó Largo al factótum, de espectacular presentación y estudiada expresividad. Demostró Meachem su carisma y veteranía, amén de la consabida belleza de un timbre perfumado de madera con los años. 

Les siguió la soprano Angel Blue, delicada y musical, pero algo plana en la expresión en Depuis le jour de la Louise de Charpentier. Recio y en su sitio estuvo el bajo barítono Christian van Horn, muy creíble como Scarpia en Te Deum de Tosca, pese a verse por momentos sepultado por un coro exultante y la inmisericorde batuta de Gaffigan.

La delicada página Io son l´umile ancella de Adriana Lecouvreur de Francesco Cilea fue interpretada por Ermonela Jaho. En su primera intervención de la tarde cantó con enorme gusto musical y una elegantísima línea vocal que sintetizaba la complejidad emocional del personaje. Irradiaba sensualidad. Los que han escuchado a la soprano albanesa saben que es una gran artista. 

Imagen de la gala de la Richard Tucker Foundation. Foto: Dario Acosta
Imagen de la gala de la Richard Tucker Foundation. Foto: Dario Acosta

La mezzo Jamie Barton llegó después como un huracán verdiano, en el aria de entrada de la Princesa de Éboli de Don Carlo. No decepcionó la americana, que estos días se presenta en el Met debutando el Orfeo de Gluck. Con absoluto dominio de la técnica y trabajando a conciencia el registro bajo, la Barton regaló escalas de las que dejan sin respiración.

Siguió un lírico y seductor Stephen Costello, muy celebrado por el público del Carnegie Hall en el aria de La fleur de Carmen. El dúo entre Leonora y el Conde de Luna de Il Trovatore fue servido por Angel Blue y el barítono Artur Rucinski, un artista del que hemos hablado elogiosamente en Opera World y que se encuentra en un gran momento profesional. Ansioso por demostrar su arte, tropezó en algún ataque. Ello, unido a la debilidad del registro grave de la Blue, explica que no pudieron cuajar un dúo impecable. 

La soprano americana Ailyn Pérez es una de las estrellas del Met, y unas de las mejores sopranos de hoy. Ganadora del Tucker en el 2012, lo demuestra con cada aparición en escena, en intervenciones que combinan una sólida técnica vocal, su honestidad expresiva y la belleza de un timbre que se va enriqueciendo de armónicos con el paso del tiempo. En la Richard Tucker Gala del pasado domingo, la Pérez estuvo inspiradísima interpretando Chi il bel sogno di Doretta, de La Rondine, con un agudo refulgente que impresionó al público. Sin tiempo para recuperar el aliento, el tenor Michael Fabiano se destacó con una inteligente, sentida y arrebatadoramente lírica versión del aria de Lensky ´Kuda, kuda, de Eugene Oneguin. El tenor sacó partido del considerable tamaño de su voz, y desarrolló el aria de manera brillante, con reconfortante efusividad y encarnando con verdad el personaje. 

Lisette Oropesa se atrevió para su aria central con Qui la voce… Vien diletto, de Los Puritanos de Bellini. Oropesa lleva tiempo rondando el personaje de Elvira, con vistas a ponerlo en escena en un futuro cercano. Tal vez fuera por la fatiga de haber corrido la media maratón de Nueva York esa misma mañana, o los nervios por querer agradar en tan comprometida página. El caso es que notamos a Oropesa conservadora en la apertura del aria y más bien incómoda en la cabaletta. Pese a los enormes aplausos recibidos, no debería confiarse Oropesa, pues a su Elvira, al menos por lo visto en el Carnegie Hall, aún le falta mucho trabajo para llegar al nivel de otras de sus creaciones como Violeta o Lucia. 

La ruleta de canto siguió rodando, y se detuvo después en el  dúo de amor de Madame Butterfly, cantado por Jaho y Costello. Las oquedades del timbre de Costello y los aspavientos de la Jaho, amén de su falta de articulación en algunos pasajes, deslució un dúo que por lo demás estuvo bien resuelto. 

Artur Rucinski se tomó la revancha con la hermosa Il balen del suo sorriso. El barítono quería gustar, y propuso un Conde de Luna delicado pero expansivo, enamorado al cabo, pero ante todo perfecto en la media voz y el canto legato. Lástima que tuviera que luchar contra el lentísimo tempo impuesto por Gaffigan, que le obligó optimizar el fiato casi hasta la asfixia.

Otra de las grandes intervenciones de la velada, ya casi al final, fue la protagonizada por Jamie Barton, quien de nuevo dejó a los espectadores sin palabras. Sobrada de voz, plena de sentido musical y dominando la escena, desarrolló un canto inapelable.

Antes del sexteto de Lucía, final dorado para una espléndida tarde de ópera, la gala se completó con la pareja Pérez-Meachem en la escena final de la Thaïs de Massenet, que estuvo a la altura de todo lo anterior. La Pérez es una gloria de musicalidad, empatía con el personaje e instinto dramático; y tiene un timbre de los que envenenan. Meachem fue el compañero ideal, dejando evidencia de la desesperación de Atanael ante la muerte de Thaïs. 

La Tucker Foundation ha logrado, una vez más, reunir a los cantantes galardonados de años anteriores, y ofrecer una velada lírica de primerísimo nivel, que hubiera complacido al propio Richard Tucker y que, al celebrarse en su nombre, contribuye sin duda a agrandar su legado. 

Carlos J. Lopez