Mathis der Maler en Dresde: una gran ópera injustamente olvidada

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Mathis der Maler en Dresde
Mathis der Maler en Dresde. Foto: Jochen Quast

Pocas explicaciones puede requerir hacer un viaje a Dresde en estos días, puesto que todos los aficionados a la ópera conocen que aquí precisamente tiene lugar el espectáculo operístico más demandado de este año, lo que los americanos llamarían the hottest show on Earth. Evidentemente, me refiero a las representaciones de Lohengrin, que suponen el debut en sus respectivos roles de Anna Netrebko y Piotr Beczala, que contarán con la dirección musical de Christian Thielemann. El pasado jueves tuvo lugar la primera representación, que se saldó con un gran éxito, que espero se repita mañana. Para completar el viaje he podido asistir a una ópera tan interesante como poco representada, Mathis der Maler, y a una Traviata interesante vocalmente, que ha levantado una gran expectación en la ciudad. El viaje seguirá por Munich, pero eso ya habrá tiempo para comentarlo.

Paul Hindemith es una de las figuras clave en la música durante la primera mitad del siglo XX, uniendo a su faceta de compositor la de violinista. La llegada del nazismo hizo que fuera considerado como un compositor degenerado, lo que le hizo exiliarse en Suiza primero y en Estado Unidos después, volviendo tras la Guerra a Alemania, muriendo en Frankfurt en 1963. Dedicó atención al género operístico, aunque hoy prácticamente toda su obra lírica está arrinconada. Compuso 8 óperas propiamente dichas, a las que se podrían añadir algunos otros trabajos teatrales. De ellas hoy únicamente se representan – y muy de vez en cuando – Sancta Susana (1922), Cardillac (1926) Y Matías el Pintor (1938).

Mathis der Maler es una ópera en 7 escenas, que trata de la vida del pintor Matthias Grünewald, autor del famoso retablo de Isensheim, y de su relación con su protector, el Cardenal Albrecht de Brandemburgo, así como de los enfrentamientos religiosos en Alemania durante la primera mitad del siglo XVI. La ópera ofrece una música magnífica, con una orquestación exuberante y grandes dosis melódicas, siendo además perfectamente cantabile, a diferencia de otras muchas opera de la misma época. Confieso mi desconocimiento anterior de esta obra de Hindemith y la magnífica sorpresa que ha supuesto verla representada. No será fácil que entre en el gran repertorio, a pesar de sus muchas cualidades, ya que las grandes exigencias para orquesta y coro hacen que sólo sea posible afrontar la obra en teatros de gran relevancia. A eso hay que añadir la necesidad de un reparto vocal amplio y muy exigente. A la ópera se le echa en falta un mayor peso dramático, resultando una sucesión de escenas más que la continuación de una trama. Por otro lado, sus tres horas de duración se hacen un tanto excesivas.

Para la ocasión en Dresde se ha ofrecido una nueva producción, que lleva la firma del alemán Jochen Biganzoli. La acción se traslada del siglo XVI a tiempos modernos y la cosa funciona a medias. Evidentemente, la figura del Cardenal es clave, como lo es la lucha religiosa, y ambos extremos resultan poco adecuados para los tiempos actuales. La escenografía de Andreas Wilkens es casi de corte minimalista, destacando la presencia de algunos cuadros y, especialmente en la Escena 6, el famoso Retablo de Isensheim. Vestuario adecuado de Heike Neugebauer y una buena labor de iluminación por parte Fabio Antoci. En algunos momentos se ofrecen bellísimas proyecciones de imágenes, obra de Thomas Lippick. La dirección de actores y masas es francamente buena, sacando un gran partido del coro. En conjunto, es un buen espectáculo escénico.

Si algo es necesario en esta ópera es contar con un gran director, además de una excelente orquesta y un coro excepcional. Pues bien, todo esto hemos tenido la suerte de ver en Dresde. La dirección musical de la australiana Simone Young fue muy buena, ofreciéndonos una muy brillante versión de esta excepcional música de Paul Hindemith. Cada vez es más frecuente la presencia de directoras en los fosos de los teatros de ópera y entre ellas hay algunas que llevan una brillante trayectoria. Este es el caso de Simone Young, que hasta hace muy poco fue la directora musical de la Ópera de Hamburgo, donde le ha sustituido Kent Nagano. Hemos podido disfrutar de la magnífica música de Hindemith y en buena parte se lo debemos a Simone Young. A sus órdenes la Staatskapelle Dresden ofreció una prestación brillante y hasta excepcional en todas sus secciones. Un auténtico lujo. Lo mismo habría que decir del Staatsopernchor Dresden, auténticamente referencial, lo que me hace albergar altísimas expectativas para el Lohengrin de mañana.

Matias el Pintor fue interpretado por el barítono Markus Marquardt, artista muy habitual en las representaciones de la Semperoper. Su actuación fue buena, convincente como intérprete y con una voz adecuada, aunque se cha en falta algo más de peso en la zona baja.

Mathis der Maler en Dresde. Foto: Jochen Quast
Mathis der Maler en Dresde. Foto: Jochen Quast

Muy buena la actuación de la soprano holandesa Annemarie Kremer en la parte de Úrsula, que ofreció una muy intensa interpretación en escena, con una voz de soprano spinto de timbre atractivo y muy bien emitida. Para mi gusto fue la mejor del reparto.

El tenor británico John Daszak fue un más que notable intérprete del interesante personaje del Cardenal Albrecht. Este cantante no tiene una voz muy atractiva, pero es un auténtico artista y sus actuaciones siempre tienen interés. Resolvió muy bien las muchas dificultades vocales de su personaje, que tiene una tesitura más que complicada.

El cuarto personaje de importancia es Regina, que fue interpretada francamente bien por la soprano lírica americana Emily Dorn, que forma parte de la compañía de Dresde y cuyas actuaciones tienen siempre calidad.

El resto de personajes tienen importancia, aunque no tanto como los cuatro señalados anteriormente. La mezzo soprano Christa Mayer lo hizo francamente bien en el personaje de la Condesa, con voz amplia y bien timbrada, además de buena actriz. Cumplieron bien el barítono Matthias Henneberg en la parte de Lorenz, así como el tenor noruego Tom Martinsen en la de Wolfgang. Herbert Lippert lo hizo bien como Schwalb, el jefe de los revolucionarios. Michael Eder ofreció una voz un tanto atrás como Riedinger, el rico luterano padre de Úrsula. Todavía sonoro el barítono Hans- Joachim Ketelsen como Truchsess. Gerald Huppach fue un Sylvester de voz un tanto reducida.

La Semperoper oficia una ocupación algo inferior al 90 % de su aforo. El público dedico una calida acogida a los artistas, especialmente a los cuatro protagonistas, así como a Simone Young, orquesta y coro.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 3 horas y 55 minutos, incluyendo dos intermedios. Duración musical de 2 horas y 59 minutos. Ocho minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 62 euros, habiendo butacas de platea al precio de 47 euros. La entrada más barata costaba 39 euros.

Fotos: Jochen Quast

José M. Irurzun