Pagliacci y Una tragedia florentina se alían en el cuarto título de la temporada ovetense

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Pagliacci y Una tragedia florentina
Pagliacci y Una tragedia florentina en Oviedo

Los celos y la muerte como elemento transversal conforman un díptico poco común en la Ópera de Oviedo: Pagliacci (Leoncavallo) y Una tragedia florentina (Zemlinsky) se alían en el cuarto título de la temporada ovetense en una propuesta que funciona, aunque deja con la sensación de oportunidad desaprovechada a nivel escénico.

Guy Joosten reconstruye la platea del Campoamor en el escenario, para reforzar la idea de teatro dentro del teatro. La escenografía de Ramón Ivars es espectacular, la reconstrucción de plateas y entresuelo tan fidedigna y palpable que por momentos consigue mimetizarse con la realidad, y sin embargo no se utiliza. Los cantantes de desenvuelven en el patio de butacas (que se representa sobre el escenario vaciado de asientos) y el coro y la figuración permanecen durante todo Pagliacci sentados, como impasibles espectadores que la iluminación a veces los convierte en parte del espectáculo y otras los incorpora a los espectadores reales. A pesar de que los cantantes bajan en ocasiones al patio de butacas real y se mezclan con el público (ya es un clásico que el prólogo de Pagliacci se realice así) o convierten en practicables los pasillos laterales, todo da una sensación de estatismo que parece innecesaria. Además, se producen incongruencias palpables con los textos (en el libreto el coro se despide tras el Coro de las Campanas y vuelve para el final de la ópera de manera apurada, y en realidad nunca se mueven del escenario) que refuerza un aura de ópera semiescenificada que es injusta para el trabajo realizado.

La manera de enlazar Pagliacci con Una tragedia florentina consiste en asumir un eclipse que (como ocurre en la película Perfectos desconocidos) cambia las normas y el destino de los personajes. La función ha terminado bien, los payasos saludan y el teatro se vacía. Canio, Nedda y Tonio quedan entonces solos y empiezan un ensayo de su siguiente espectáculo, que se convierte en la ópera de Zemlinsky.

Pagliacci y Una tragedia florentina en Oviedo

El apartado vocal estuvo a un buen nivel. El tenor Diego Torre fue un convincente Canio, que supo jugar con el dramatismo del personaje, ofreciendo un “Vesti la giubba” para el recuerdo. Más tarde, como Guido Bardi, su papel fue más testimonial, aunque mantuvo el nivel del trío protagonista. Porque en Una tragedia florentina el protagonista absoluto es Simone y su verborrea incontenible, interpretado por John Lundgren que tuvo oportunidad para el lucimiento personal en la complicadísima partitura de Zemlinsky, que lleva la voz del barítono hasta los límites de tesitura y exige una línea de canto quebrada, que Lundgren solventó de manera sobresaliente, con cuidada dicción y afinación. Antes había abierto el espectáculo como con un gran Prólogo de Pagliacci y más tarde había asumido el papel de Tonio.

Maria Katzavara fue una Nedda de bello timbre, con un sonido muy limpio que se resintió un poco en las agilidades, pero nunca hasta el punto de empañar una actuación que tendría continuación en el papel de Bianca, un rol que, como ocurre con el tenor en esta ópera, es tremendamente comprometido y muy poco agradecido. Katzavara de nuevo superó el envite de manera solvente.

El resto de papeles solo aparecen en la Pagliacci. Muy bien Juan Noval-Moro como Beppe, tanto escénica como vocalmente, con una línea de canto muy lírica, redonda e imbuida de ese carácter de música popular que hace más cercana a la ópera de Leoncavallo, con la dificultad de que la emisión jamás se resintió. El Silvio de Isaac Galán adoleció de problemas de volumen en especial en los agudos.

Los dos coros, tanto el de la Ópera de Oviedo como el infantil de Divertimento ofrecieron, como es costumbre, un gran nivel, como ya hemos comentado siempre en estático, aunque el único movimiento que realizó el coro de la Ópera de Oviedo, un baile en el Coro de Campanas, fue una dificultad que derivó en ciertos desajustes.

El maestro Will Homburg ofrece, creemos que de manera acertada, una lectura seca de ambas partituras, reforzando el carácter de recitativo de ambas, y solo permitiendo explayarse a la OSPA (mejor en Zemlinsky que en en Leoncavallo) pasajes muy concretos.

Alejandro G. Villalibre