Gala lírica. Madrid

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22/5/2014. Teatro Monumental (Madrid). Gala Lírica. Sonia de Munck (soprano), Marina Rodríguez-Cusí (mezzosoprano), Enrique Ferrer (tenor), Manuel Lanza (barítono), Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE, Cristóbal Soler (director). Fragmentos de zarzuelas de Chapí, Serrano, Vives, Giménez y Nieto, Chueca y Valverde, Sorozábal, Moreno Torroba, Fernández Caballero, Penella, Arrieta y Guerrero.

Zarzuela en manos vigorosas

El madrileño teatro de la calle Atocha vistió de gala para recibir la visita del director musical del Teatro de la Zarzuela, el valenciano Cristóbal Soler, que venía a brindar un concierto extraordinario al frente de los conjuntos titulares dedicado enteramente al género que nos tiene más acostumbrados en el coliseo de la calle Jovellanos: la zarzuela. Es una lástima que el programa de esta Gala Lírica haya redundado en las mismas piezas de repertorio que todo el público aficionado a nuestro género lírico conoce a la perfección, y se haya desaprovechado la oportunidad de poner en bandeja alguna obra menos prodigada o incluso inédita, que hubiera sido de agradecer por todos los que asistimos a un ilusionante concierto de zarzuela al uso.

Lo que ya de por sí es de agradecer es que desde su primera salida al escenario el maestro valenciano demuestra siempre una empatía absoluta con orquesta y público, desplegando derroches de vitalismo en cada una de sus interpretaciones. Lo cierto es que Soler comenzó con las pilas muy cargadas al frente de la Orquesta Sinfónica de RTVE en el archipopular preludio de La revoltosa de Chapí que abría la primera parte, donde la cuidada atención al fraseo melódico y la vigorosidad direccional fueron las marcas de la casa. Y precisamente ese exceso de vigor es lo que hay que reprocharle. Pero no en cuanto a dar animados saltos, voltearse y medio bailar en el podio, algo a lo que es muy propenso el maestro valenciano, sino en cuanto a la falta de control del volumen sonoro de la orquesta, algo que se hizo muchísimo más evidente en los números exclusivamente vocales, en los cuales se hacía bastante dificultoso percibir la prestación individual de los cantantes.

Marina-rodriguez-Cusi

Sin ir más lejos, apenas entendible resultó la primera participación de la mezzo Marina Rodríguez-Cusí en la emotiva romanza de Rosa de Los claveles de Serrano. La proyección de su muy impostada voz era ahogada continuamente por la frase melódica orquestal en forte, dejando un regusto agridulce que no hizo más que ir in crescendo a lo largo de esta primera parte, como el propio volumen de la orquesta de RTVE en el pegadizo preludio de El tambor de granaderos de Chapí.

Spnia-de-Munck

Por su parte, la voz plenamente timbrada de la soprano Sonia de Munck desplegó con soltura y brillantez toda su tesitura de ligera en las complejas agilidades de la polonesa de El barbero de Sevilla de Giménez y Nieto, en cuya cadenciosa parte final incluyó el original diálogo con la flauta en estilo belcantista. Como anécdota, la entrada equivocada del tenor Enrique Ferrer un número antes de lo programado provocó el aplauso y la sonrisa del público. Llegado su turno, ofreció una romanza de Leandro de La tabernera del puerto en expresión y estilo nada ortodoxos, mejor matizada en su parte central que en los extremos, con un agudo final aplastado por la orquesta. Fue después muy aplaudida, por lo expresiva que la cantó el barítono Manuel Lanza, la romanza de Rafael “Amor, vida de mi vida” de Maravilla de Moreno Torroba.

Enrique-Ferrer

Ante tanta primacía orquestal, fue ciertamente una satisfacción que ahí estuvieran las magníficas voces del Coro de RTVE, que regalaron soberbios momentos con una dicción y un empaste impecables, como en el delicado coro de románticos de Doña Francisquita o en el gracioso pasodoble de los sargentos de La Gran Vía de Chueca y Valverde, antes de coronar la primera parte con la danzarina “zamacueca” chilena de Los sobrinos del Capitán Grant de Fernández Caballero, donde la sonoridad del güiro destacó por encima del conjunto.

En la segunda parte, que combinó en dúos las voces de los solistas, se percibió que el maestro Soler tendía a aliviar la carga orquestal, al menos con los cantantes, ya que dio inicio inmediatamente con una arrolladora interpretación del intermedio de La boda de Luis Alonso de Giménez, donde siguieron manifestándose los decibelios de la orquesta de RTVE en la sección de percusión. Contraste absoluto en el número siguiente, quizás de lo más contenido de toda esta Gala, fue la habanera de Don Gil de Alcalá de Penella, donde Rodríguez-Cusí y de Munck brillaron junto al coro, bajo un tempo deliberadamente lento adoptado por Soler, que convenía muy bien para resaltar la expresión. Un canto con cierto exceso de rudeza se apreció en Ferrer en el brindis de Marina de Arrieta (ofrecido sin la introducción acostumbrada), que entonó junto a Lanza. En los siguientes dúos el maestro Soler procuró plegarse a los cantantes: en el de Francisquita y Fernando de Doña Francisquita de Vives, una coqueta de Munck todas las notas pero la dicción se iba quedando por el camino, mientras Ferrer, arrastrado por ella, se limitaba a cumplir.

Manuel-Lanza

Tras este dúo se iniciaba un bloque de tres números dedicados a la zarzuela Luisa Fernanda de Moreno Torroba, con la obligadísima mazurca de las sombrillas en primer lugar, con un bien marcado tempo y donde el coro volvió a demostrar una vez más su enorme valía cantando zarzuela sobresalientemente durante décadas. Tras ella llegaron el distinguido dúo de Carolina y Vidal, donde de Munck siguió cuidando mucho la línea vocal y Lanza otorgaba aires señoriales al personaje; y por último, el melancólico dúo final de Luisa Fernanda y Javier, donde tras un buen puñado de números volvió a salir a escena Rodríguez-Cusí (que no lo hacía desde el segundo de la primera parte), exhibiendo una expresión contenida en compañía de un ciertamente entregado Ferrer. Acto seguido, la mezzo cambió de acompañante masculino en el célebre dúo de Felipe y Mari Pepa, en el cual hubo como ciertas reservas a la hora de liberar chulería madrileña por parte de ambos cantantes, unido a unos pequeños despistes con la letra por parte de ella a partir de la frase “Ay, Felipe de mi alma”. 

El broche final a esta Gala Lírica, que a pesar de los desequilibrios, excesos e irregularidades encontradas, regaló momentos destacados, no podía haberse elegido mejor en cuanto a efectismo, con el espectacular concertante que concluye el acto segundo de Los gavilanes de Guerrero, muy bien defendido por Ferrer en la arrogancia desplegada, y donde la grandiosa sonoridad de coro y orquesta arrebató enormemente al público, siendo finalmente ofrecidas como única propina las palmeadas seguidillas de La verbena de la Paloma de Bretón.

Germán García Tomás

@GermanGTomas