Crítica de «Arabella» (R.Strauss). Viena

118

 

 

Staatsoper de Viena. 11Septiembre 2012.

 

El resultado de esta representación de Arabella ha sido magnífico,  capaz de justificar por sí solo un viaje para ver ópera por el mundo. Pocas veces se da en esta ópera la conjunción de un gran director, una magnífica orquesta y una gran protagonista. En esta ocasión se han unido los tres aspectos y el resultado ha sido plenamente satisfactorio.

 

Esta producción de Arabella seguramente la conocen algunos de mis lectores, puesto que fue retransmitida en directo por Canal Mezzo en el pasado mes de Mayo. El interés entonces radicaba en la presencia de Renée Fleming en el rol protagonista, pero, lamentablemente, canceló. Tengo que decir que hoy en el teatro he disfrutado mucho más que en la citada ocasión, porque, por bien que se hagan las cosas en una retransmisión, la emoción únicamente se da en el teatro.

 

Escena. Acto II
Escena. Acto II

El espectáculo escénico  es una reposición de la producción de Sven-Eric Bechtolf, que se estrenó en el año 2006 y  que se pudo ver posteriormente en Hamburgo. El mayor problema de esta producción es el cambio de época, en la que transcurre la acción. Del Imperio austro-.húngaro pasamos a la época de composición de la ópera, es decir a los años 30 del siglo XX. Hay óperas que admiten un cambio de época, pero hay otras en las que esto no funciona muy bien. Especialmente ocurre  esto en algunas óperas de Richard Strauss y entre ellas destacaría Rosenkavalier y Arabella. Toda la trama de Arabella responde a unos principios sociales normales en la Viena del siglo XIX, pero totalmente pasados de moda bien entrado el siglo XX y esto se hace notar. La escenografía de Rolf Glittenberg resulta un tanto triste en el primer acto, ambientado siempre en la habitación de los Waldner en el hotel Metropol, siendo lo más conseguido el último acto, que se desarrolla en el hall del hotel, con dos grandes escaleras al fondo. ¿Se puede concebir Arabella sin escaleras? El vestuario de Marian Glittenberg resulta adecuado para las ideas del regista, pero resulta poco  convincente en lo que se refiere a los pretendientes de Arabella, y a  Zdenka como Zdenko. Quienes salen mejor paradas en este sentido son Arabella y la Condesa Adelaide.

 

La dirección de actores está bien cuidada, haciendo Sven-Eric Bechtolf un cierto homenaje en el segundo acto al film El Cantor de Jazz y a la entonces famosísima Josephine Baker. El desarrollo escénico tiene vivacidad y es muy respetuoso con el magnífico libreto de Hofmannsthal. En resumen, una producción interesante, que habría sido mejor dejarla en la época a la que se refiere el libreto.

 

Escena. Acto I
Escena. Acto I

 

Arabella puede ser una ópera magnífica, de las que se pasan sin que se dé uno cuenta, o – lo que muchas veces ocurre – puede ser un aburrimiento notable. La diferencia entre ambas posibilidades depende fundamentalmente del director y de la orquesta. En Viena hemos tenido a Franz Welter-Möst, que ha ofrecido una actuación magnífica. Da gusto asistir a una representación de Arabella con un maestro como Welter-Möst. Estuvo mucho más en su elemento que en Don Carlo y no hubo ni el más mínimo atisbo de exceso de volumen por parte de la orquesta. Fue todo de una fluidez, una elegancia y una musicalidad impresionantes. De la Orchester der Wiener Staatsoper no puedo decir sino que alcanzaron cotas de calidad insuperables y que, seguramente, los músicos disfrutaban tanto como los espectadores. Una gran noche de música.

 

La soprano finlandesa Camilla Nylund fue una muy buena intérprete de Arabella.  Siempre que la he visto en escena, sus actuaciones me han resultado convincentes, pero  es ésta la vez en que más he disfrutado con ella. Tengo que confesar que han sido muy pocas las veces en que he asistido a una Arabella sin que la protagonista anunciada  haya cancelado, y mucho me alegro que no haya ocurrido nuevamente en esta ocasión. Camilla Nyund tiene la voz y la figura adecuadas para cantar Arabella y su actuación fue intachable de principio a fin.

 

Camilla Nylund
Camilla Nylund

 

El barítono polaco Tomasz Konieczny fue un buen Mandryka, convincente en escena, particularmente en el último acto, en el que resulta especialmente creíble y emocionante. La voz – más bien de barítono lírico – tiene calidad, pero tiene problemas de emisión y la voz no corre muy bien. En general, tiene tendencia al engolamiento y la parte superior se queda bastante atrás.

 

Tomasz Konieczny y Daniela Fally
Tomasz Konieczny y Daniela Fally

 

Muy buena impresión la dejada por la soprano rumana Ileana Tonca en el personaje de Zdenka. Voz de soprano ligera, atractiva y bien emitida, además de resultar muy expresiva en su canto. Su presencia en este reparto se debe a la cancelación de su compatriota  Anita Hartig, a quien no eché de menos en ningún momento.

 

Buena también la actuación del tenor austriaco Herbert Lippert en el personaje de Matteo. Cantó con convicción, mejorando la actuación de Michael Schade en la reposición anterior.

 

Escena. Acto II
Escena. Acto II

Buena actuación de Wolfgang  Bankl como Conde Waldner, buen actor y cantante, así como de Zoryana Kushpler como Adelaide, más joven de lo habitual en el personaje. Cuando Dominik le dice en el segundo acto que es más atractiva que su hija, no le faltaba razón.

 

Los tres pretendientes fueron bien cubiertos, especialmente el desenvuelto Conde Elemer, interpretado por Norbert Ernst. Adam Plachetka (Dominik) y Sorin Coliban (Lamoral) lo hicieron bien.

 

 Daniela Fally demostró que es la Fiakermilli de referencia hoy en día. Impresionante su actuación escénica y a punto sus notas estratosféricas.

 

Finalmente, Donna Ellen lo hizo bien como la Echadora de Cartas.

 

El teatro estaba nuevamente lleno, con abundante presencia de turistas entre el público, que me atrevo a decir que superaban a los vieneses en número. La recepción final fue muy cálida con bravos sonoros dedicados a Camilla Nyund, Ileana Tonca y Franz Welter-Möst.

 

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración total de 2 horas y 55 minutos, incluyendo un intermedio de 27 minutos. Los aplausos finales se prolongaron durante 6 minutos.

 

El precio de la localidad más cara era de 173 euros, habiendo  butacas de platea por 103 euros. En los pisos altos los precios oscilaban entre 76 y 39 euros y en último piso había localidades sentadas por 28 euros. Las plazas de pie  costaban 10 euros.

 

José M. Irurzun