El deber del deseo de Kàtia Kabànova en el Liceu. Patricia Racette.

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Kàtia Kabànova (Patricia Racette) © Fotograma del clip promocional
Kàtia Kabànova (Patricia Racette) © Fotograma del clip promocional

La Kátia Kabánova de David Alden hace discurrir en el Liceu una visión desabrida que ahonda en las sombras para dar relieve al retrato de la protagonista, sumida en los claroscuros deberes impuestos por las  convenciones éticas de su sociedad, por su profunda moral cristiana e incluso por su propio deseo. Un retrato del personaje cuya complejidad se acrecienta también en parte al simplificar el de los demás personajes a sus rasgos más arquetípicos. El director propone un montaje de mínimos formales maximizados, no por la estética expresionista, sino por una elaborada trabazón entre escenografía, iluminación y  dramaturgia que refuerza la solidez de la pieza de Leoš Janáček.

Con la perpetua sugerencia del Volga al fondo, el suelo inclina su pendiente hacia el espectador para recibir los elementos de cada escena. Un muro rotatorio, algunos enseres, una farola de forja y un enorme cartel del diablo bastan para una propuesta escénica adusta de la mano de Charles Edwards, dominada por una contundente dureza muy afín al libreto y que abunda en matices. Por ejemplo, el muro que define la casa donde Katia habita con su familia política se nos presenta escorado como una fachada en pendiente con la horizontal del zócalo y la vertical de la puerta perfectamente aplomados, una casa convencional para una familia convencional. 

Ahora bien, llegada la segunda escena la convención se desbarata, el muro rota 90˚  para mostrarnos la arquitectura descolocada de la casa: la línea oblicua que antes seguía la pendiente ahora se coloca paralela al público y deja en consecuencia el zócalo y la puerta torcidos pero perfectamente alineados con el libreto… la convención inherente a la fachada se revela así como un desquiciamiento del que Katia necesita escapar por una puerta torcida.

Salón de la casa de los Kabanov © Fotograma del clip promocional.
Salón de la casa de los Kabanov © Fotograma del clip promocional.

La unidad de la iluminación de Adam Silverman, la dramaturgia y la escena es especialmente significativa. Se provocan atmósferas emocionales con el cromatismo de las sombras sin tocar el naturalismo de las áreas iluminadas: el verde mortecino proyectando el día a día doméstico de Katia con su fustigante suegra mientras su marido Tíkhon está de viaje; se alternan localizaciones con cambios súbitos de áreas sombreadas, por ejemplo, el jardín no es otra cosa que una inversión de los perímetros de sombra sobre el muro del salón; y también se condicionan los pesos dramáticos de los personajes con la ampliación y reducción de sus sombras, Katia, apocada contra el muro, frente a la inmensa influencia de su pícara cuñada Varvara, que le ha ofrecido la llave de la puertezuela del jardín para que se escabulla con su amado Boris.

La soprano Patricia Racette, que venía de interpretar el texto en inglés para la English National Opera, recupera ahora en el Liceu el original checo de una Katia impecable. Impecable al encarnar una mujer infeliz que se siente pecaminosa. Racette muestra al público  la ruptura de la frágil Katia conforme la música ahonda en las libertades de un alma sin escapatoria.

Francisco Vas hizo ver en Tíkhon el marido mequetrefe que es,  fagocitado por su propia madre Kabanicha, que Rosie Aldridge retrató  hacia el estereotipo de la crudeza y la soberbia concebido por Alden.  Michaela Selinger fue la  atrevida Varvara, cuyos encuentros nocturnos con el radiante Vania, interpretado con donaire por Antonio Lozano, sirven de palanca a Katia para reunirse con el Boris más comedido de Nikolai Schukoff. La orquesta de la casa, con Josep Pons a la batuta, subrayó sin penumbras ni medias tintas el dramatismo de esta partitura de Janáček.

Félix de la Fuente