Manfred Honeck hace brillar a la New York Philharmonic en el Requiem de Mozart

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Manfred Honeck hace brillar a la New York Philarmonic en el Requiem de Mozart. Foto: Chris Lee
Manfred Honeck hace brillar a la New York Philarmonic en el Requiem de Mozart. Foto: Chris Lee

La New York Philharmonic se puso a las órdenes de Manfred Honeck en un concierto dedicado por entero a Mozart. La velada incluyó el Concierto para Piano No. 27 a manos de Richard Goode y tuvo como plato fuerte la interpretación del Requiem de Mozart en su versión inacabada.

El pianista neoyorkino Richard Goode es muy conocido en su ciudad. Son muchas las noches de buena música que jalonan la larga trayectoria del solista. Por ello, muchos aficionados no vieron cumplidas las expectativas que levantó el regreso del pianista a la que es su casa.

Aunque Goode consigue extraer del piano un sonido de enorme limpieza y se mantiene siempre en estilo, el Concierto para Piano resultó más ejecutado que interpretado. En el primer movimiento, la expresividad de la orquesta dirigida por Manfred Honeck se unió a la dulzura del piano de Goode. Ya en el segundo movimiento, Larghetto, era patente que la orquesta estaba por encima del piano, más emotiva, más en tensión, más energética. Todo sucedía de una manera bella, sin contratiempos. Los tempi elegidos por Honeck, rigurosos, le daban tersura y emoción a la música de Mozart. Los chelos clavaban las notas pellizcadas mientras el resto de la orquesta se expandía o se replegaba con gracia a las órdenes del director austríaco. Mientras tanto, el piano de Goode parecía una línea meliflua con problemas para destacar sobre el conjunto. Parecía como si el piano acompañara a la orquesta y no al revés.

Acaso la idea que Richard Goode tiene de la musicalidad mozartiana sea demasiado críptica para quien esto escribe y para los aficionados que llenaban el pasado viernes el auditorio David Geffen del Lincoln Center de Nueva York. Acaso la perfección tonal y tímbrica de su instrumento baste para justificar una gran actuación. El caso es que muchos salieron al descanso con la sensación de que el genio de Honeck se impuso a un Goode sofisticado, pero sin ideas.

Tras la pausa, la versión inacabada del Requiem de Mozart estuvo enmarcada por la Música para un Funeral Masónico k.477 y el Ave verum corpus k.618. Los solistas fueron Joélie Harvey (soprano), Megan Mikailovna Samarin (mezzo), Ben Bliss (tenor) y Mathew Rose (bajo).

Harvey hizo disfrutar al público con intervenciones cuidadosas en las que destacó un apreciable canto legato. El timbre de la cantante de Nueva York, de una belleza sencilla, con tonos oscuros y sonidos de madera, sonó en ocasiones con sordina, un defecto que la cantante parecía incorporar con naturalidad a su arsenal de recursos expresivos. La Mikailovna Samarin, por su parte, dejó también buenas intervenciones de mezzo barroca. La voz suena cierta, estuchada y en sazón. Una cantante en plena forma y en crecimiento artístico.

Los señores Bliss y Rose tampoco fallaron en el encargo. Bliss desarrolló su página con poesía y gran pulcritud mientras que Rose estuvo más académico, con una voz redonda de bajo, bien proyectada y entonada.

El Coro Sinfónico de Westminster de la Universidad Rider de Princeton, preparado por Joe Miller, dio muestras de estar en plena forma. Dúctil y dispuesto bajo la batuta de Honeck, consiguieron la textura necesaria para emocionar con en páginas como Dies irae o en el imponente Rex tremendae.

La clave del éxito del concierto, más allá de las buenas prestaciones de los músicos y los solistas, hay que buscarla en la batuta de un Manfred Honeck intratable. El director llevó a la New York Philharmonic a sus cotas más altas de calidad sonora y expresividad, coloreando las partituras de Mozart de una manera sincera e imaginativa. No es pues de extrañar el resultado, pues es sabido que las grandes orquestas brillan siempre bajo el mandato de batutas sabias.

CARLOS JAVIER LOPEZ