Un réquiem teutón espiritualizado en Les Arts

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James Gaffigan
James Gaffigan

Recuerdo que a mis 17 años mi padre adquirió el «Réquiem Alemán» de Brahms en la grabación de Karajan con Janowitz y Waechter, que me encandiló por su visión humana de la muerte tan diferente del apocalipticismo verdiano al que me tenía subyugado la versión fonográfica de Víctor de Sabata. Siempre he mirado con simpatía esa grabación que tantos recuerdos me trae de mi aficionada adolescencia a la música, cuando mis dedos aún se posaban en las teclas del piano para interpretar los estudios del cuarto curso del Cramer. Precisamente ese año fue el de mi última vinculación formal al instrumento y trocar mis anhelos de ser músico por los de ser catedrático.

Más tarde se presentaron ante mí otras muchas versiones fonográficas del réquiem germano entre las que ocupó un lugar predilecto la de Giulini, pese a que nunca me acabé de llevar bien con el barítono. Cuento todo esto porque precisamente esa grabación del director de Barletta, se me vino a la memoria al escuchar la lectura que al frente de la Orquesta y Coro de la Comunitat Valenciana, ofreció en el Palau de les Arts el maestro James Gaffigan, por su luminosidad, humano sentido de un sentimiento contemplativo y luminosa transparencia y eso desde los primeros compases de la apesadumbrada entrada de las cuerdas graves y las trompas, respondidas, de inmediato, por un coro en pianísimo de translúcida vocalidad, que llevó a un crescendo pietista. Me fascinó la lamentosa plegaria apoyada por los fagots, resuelta en «und kommen mit Freuden», casi con un propósito patriótico.

El joven director neoyorquino, de gesto natural claro y lleno de intención fue siempre refinado y al tiempo muy expresivo, cuando la ocasión lo reclamaba. Gustó en modo especial de establecer una versión refinada de equilibrio arquitectural sin densidades y de cuidar el fraseo de las voces y el conjunto instrumental, buscando siempre empastes aterciopelados. Sus tiempos fueron no vivos, pero sí llenos de aliento y en ellos prevaleció la transparencia y el trasluz.

El coro por su parte evidenció el pietismo propio de su director, el maestro Perales, señor de las sutilezas, cuando interpreta música sacra. Las voces tuvieron un postulado inmaterial sedosamente aéreo, casi metafísico, que consiguió conjurar el mal fario acústico de la sala. Las voces estuvieron siempre colgadas atmosféricamente en el aire de la amplia sala, generando una sonoridad perennemente espiritualizada dentro de la devota humanidad del sonido, que espiritualizó la trabada sonoridad brahmsiana. El hermoso tema sinfónico del segundo tiempo, que evoca el coral de la Cantata 27 del Kantor de la Thomaskirche, tuvo un carácter procesional con la orquesta, llevado con exquisitez contemplativa, sobre la que emergía el propósito de invocación de las voces («Denn alles Fleisch»), que se hizo majestuosa en la elevación de «Aber des Herrn Wort bleibet in Ewigkeit», para dar paso a una compleja fuga asimismo de herencia bachiana, medida con impecable precisión expansiva y denso ensimismamiento reverente.

Dulce y ambiental la frase «Wie lieblich sind Deine Wohnungen,» con  incisiones precisas de pulso en la siguiente «Mein Leib und Seele» y propósito de canon, al que la batuta concedió cierto acento popular en su meticuloso esmero. El punto de contingencia apocalíptica del Requiem lo puso Gaffigan en el momento impactante de los cobres que responde al categórico sermón del barítono en el «Zu der Zeit der letzten Posaune.», que se desarrolla en la conmocionada fuga contrapuntística coral del «Dann wird erfüllet werden das Wort», transfigurada en un efusivo canto laudatorio a la divinidad lleno de matices y contrastes: «Herr, Du bist würdig zu nehmen Prei».

La obra inició su final con las voces graves a modo de caminante rezo con el organístico acompañamiento de los trombones «Selig sind die Toten» convirtiéndose en una sutil invocación acompañada por unos inspirados arcos, que llevaron al final henchido de transparencias sonoras de etereidad en el coro y las cuerdas, con el concurso del oboe y la flauta, manifestando la paz espiritual de los bienaventurados

No mucho que decir de los solistas el barítono Brandon Celer de voz amplia en el centro grave pasó apuros arriba en la tercera estrofa. Fue mucho más sugestivo el eco del coro a sus alegatos de sermón, rematados con un fugato final tan preciso como esmerado, casi aleluyático. La soprano Elena Sallagova, con una voz melodiosa de lírica supo cautivar al clarinete y los arcos en su aria con débitos bachianos, acompañada por unas voces corales de sedosa unción que apagaron algo sus agudos abiertos.

Ahhh, digámoslo todo. Este concierto tenía que haberlo oído este comentarista en Castellón, pero lo audicionó en Valencia, para poder al día siguiente asistir al de Calleja con Tebar, del que hablaremos en breve.

Antonio Gascó