Adina de Rossini, primer festejo bicentenario

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Adina de Rossini, primer festejo bicentenario
Adina de Rossini, primer festejo bicentenario

Adina o El califa de Bagdad; farsa en un acto. ¿Doscientos años? Sí… y no. Después del gran triunfo del Moisés rossiniano en marzo, reposiciones de sus queridas Cenicienta y Urraca, un aclamado Barbero. Remilgos inveterados de voluntariosos cantantes. Arias nuevas, no tan nuevas.  Un grave padecimiento infeccioso del insigne Cisne. Rumores de su fallecimiento. Abundantes cuidados al músico de veintiséis años. Convalecencia. Recuperación,  ineludibles comilonas. Una inopinada propuesta.  Es para una nueva ópera.  Proviene del inspector de los teatros portugueses. Acepta. ¿Por qué?

Manos a la obra. Viaje a su querida Bolonia desde  el Adriático. Encuentros con el marqués Gherardo Bevilacqua Aldobrandini. Es patrono del Liceo en Bolonia. Es amigo de Rossini. Será el libretista. ¿Qué tema? Un argumento de Felice Romani, “El califa y la esclava”. El siguiente  año, una ópera de  Francesco Basili con ese libreto. Es verdad; Boildieu, el compositor, a principios de siglo; Manuel García, su Otelo y Conde de Almaviva, en mil ochocientos trece, ambos habían compuesto óperas con el mismo título, El califa de Bagdad. Rosa Gálvez, prima del conde Bernardo De Gálvez, virrey de la Nueva España, escribió esa trama también.  Mas este trabajo rossiniano, no nos engañemos, es un argumento distinto.

Gioachino Rossini, a escribir su nueva farsa, la última. No compone obertura, no lo deseó. Reclamo del Inspector portugués. “No estipulada en el contrato”, respuesta de Gioachino. Personajes masculinos, coro varonil. Selimo, Mustafa, Alí, ¿dónde oímos esos nombres antes?  La música, tratamiento conmovedor de cuerdas, oído rossiniano para timbres, para voces, para todo. Cada compás, una ensoñación musical. Coros elocuentes de belleza desbordada. Reestructuración de un par de números de su Segismundo, ópera anterior. Amalgamas perfectas. Sí, y bromitas de siempre: entrada del Califa repite notas de entrada de Mustafá, en La italiana. Mano de colaborador contratado en partes breves. No obstante, Gioachino corrige, integra. Gioachino hace suyo. Melancolía ambiental sensible e omnipresente. De nuevo, el creador explora magistralmente el pathos que con enternecedor  candor cristaliza. Suavidad de contornos incandescentes, lirismo  consumado, así es Rossini. Donaire de imágenes musicales. Finales dilatados; un pecado interrumpirlos. Arias, dúos, conjuntos, ¡qué conjugación virtuosa! La más emotiva de sus farsas se estrenará en el Teatro San Carlos, el de Portugal. Será hasta mil ochocientos veintiséis.  Rossini jamás la verá representada. Quizá la acallara en su memoria insepulta. Primera edición, de Ricordi, mil ochocientos cincuenta y nueve. Décadas transcurriendo, lustros y lustros desfilando.Un siglo de desconocimiento, ni siquiera de olvido, un desperdicio de hermosura y gracia.

Mil novecientos sesenta y tres. El mundo la conoce. Los eruditos la reconocen. Los empresarios la aquilatan. Vive por fin el gustoso disgusto de que la alteren, que supriman sus números, que le inserten obertura. El registro la busca; en estudio o en vivo. Esta vez no escapará.

Este año, el Rossini Opera Festival  escenifica “Adina”en  festejos entreverados. Fulgura, conquista, encanta. Una nueva generación la conoce, la siente, la desea. Es su primer fiesta bicentenaria. Dentro de ocho años, la segunda.

Quien la oyó, la amó; nunca la olvidó.

Soy feliz,  muy feliz: la oí.

Carlos Fuentes y Espinosa Salido