Peer Gynt en Montpellier

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Peer Gynt en Montpellier. Foto: LUC JENNEPIN
Peer Gynt en Montpellier. Foto: LUC JENNEPIN

La música sentimental, refinada, cosmopolita y a la vez nacionalista del compositor Edvard Grieg merecen más atención de los intérpretes y programadores. Peer Gynt cobra entidad al escuchar más allá de las archiconocidas suites. Y aún más si la calidad interpretativa es de altos vuelos, como la de esta noche de la Orchestra National Montpellier-Occitanie, bajo la dirección de un maestro con brío como lo es el danés Michael Schønwandt. Los coros, el de la ópera y el coro junior, lucieron músculo, homogeneidad y empaste con la orquesta. Las tres arias fueron interpretadas por tres buenos cantantes, el barítono Philippe Estèphe (Peer Gynt) con el preciso toque de chulería encantó al público, al igual que la soprano Norma Nahoun por su delicada manera de abordar la bella canción de Solveig. La verdad es que, penalizada por una posición muy retrasada en el escenario, la primera parte se le escuchó poco pero al avanzar hacia el público fue posible apreciar la fina materia de su instrumento canoro. Más redonda me pareció la mezzosoprano Marie Kalinine (Anitra), bello timbre, voz bien proyectada y controlada con aplomo, además de una presencia escénica notable. La propuesta escénica firmada por Jean-Philippe Clarac y Olivier Deloeuil nace de un dispositivo escénico plantadado sobre el escenario, una plataforma de madera, cámaras y la silueta de una cabaña que sirve de pantalla para proyectar las imágenes de paisajes nevados, mares encrespados y hasta un avión de la SAS que parecía un mal anuncio para la televisión de la compañía aérea. Clarac y Deloeuil convierten la poesía y lo onírico en cómico y grotesco, a veces con acierto en el discurso narrativo de la propuestas y otras bastante menos.

Peer Gynt en Montpellier. Foto: LUC JENNEPIN
Peer Gynt en Montpellier. Foto: LUC JENNEPIN

La escenografía, llamativa y funcional para esta obra inclasificable, puede llegar a ser demasiada fría. El vestuario, también firmado por el dúo Clarac-Deloeuil, recuerda el nacionalismo musical de Grieg al utilizar la bandera noruega en el coro y los miembros de la orquesta; y también se decanta por lo kitsch en la recreación del protagonista. El texto adaptado por Alain Perroux para esta propuesta no siempre permitió un ritmo ágil. Sin embargo los aplausos fueron generosos para todos los artistas que comparecieron sobre el escenario al final de esta función de estreno. La Opéra National de Montpellier se anotó una victoria ofreciendo esta obra, que durante todo el año no aparecerá, al menos en Europa, en formato escénico.

Federico Figueroa